El verano pasado comenté aquí un libro de Thomas L. Friedman, de The New York Times, a propósito del aplanamiento del mundo.
En su edición del 17 de enero, la revista Poder y negocios incluye completo el capítulo que Friedman dedica a México, titulado "La Virgen de Guadalupe".
Gracias a la crónica debilidad estructural de mi cartera, no he podido comprar el libro de Friedman, así que recibí con alegría este material, que superó mis expectativas. La revista reproduce el capítulo en 16 páginas, y yo dedicaré las siguientes líneas a resumir puntos clave.
Para Friedman, todo país que quiera tener un desempeño decente en el mundo plano debe haber emprendido reformas al por mayor: estar abierto al mercado, no tener paraestatales, liberalizar sus mercados financieros, facilitar la inversión extranjera, minimizar las barreras y el proteccionismo, flexibilizar las leyes laborales y cosas de este calibre.
Pero resulta que las reformas al por mayor (que México acometió con desempeño razonable) no son el único requisito; son apenas el boleto de entrada al juego. Se necesitan también otras reformas, las reformas al por menor, que no por llamarse así son poca cosa. Implican atender con inteligencia cuatro renglones clave: infraestructura, organismos reguladores, educación y cultura.
Dice Friedman que los países no salen de la pobreza sólo por tener disciplina en los niveles altos; salen de la pobreza cuando crean una atmósfera emprendedora y segura en la que es fácil hacer y deshacer empresas (crear una en México se toma en promedio 58 días; en Singapur, 8).
El autor asume como suyos cinco puntos que la Corporación Financiera Internacional define como recetas para salir de jodidos: (1) simplificar y liberalizar los mercados; (2) dar certeza jurídica a los derechos de propiedad; (3) hacer cumplir la ley por vías eficientes, como Internet; (4) sacar a los tribunales de los asuntos de negocios, y (5) practicar la reforma continua.
Friedman destaca cuestiones tan importantes como una cultura glocalizada, que implica cierto nivel de extroversión (apertura a ideas extranjeras) pero también de introspección (un nacionalismo que mire hacia el desarrollo y no hacia atrás); una cultura que aproveche la confianza y practique la tolerancia. Y la buena noticia es que si dicha cultura no existe, se puede crear deliberadamente.
Si México ha fracasado en adoptar estas reformas al por menor es porque no ha logrado ciertos parámetros intangibles pero poderosísimos, de los que Friedman cita dos: cierta unión interna capaz de sacrificar el hoy por el mañana, y la existencia de líderes visionarios que impulsen el desarrollo en vez de robarse el dinero. En 1990, China tenía 375 millones de pobres extremos. En 2001 sólo quedaban 212 millones, que en 2015 podrían quedar en 16 millones. Y China estaba en 1990 más fregado que México.
¿Qué ha pasado? En palabras de Ernesto Zedillo, un problema es que llevamos un cuarto de siglo atascados gracias a que nuestros políticos viven y lucran de la discusión: "nos cuesta años y años decidir las reformas básicas cuya necesidad debería resultar de todo punto urgente para cualquier ser humano".
Friedman dice que China nos comió el mandado porque se ha movido más rápido pero sobre todo porque en México no hemos podido capitalizar los éxitos e inducir las reformas al por menor necesarias para competir. Tan sencillo como eso.