Señores candidatos: aprovechando que todavía no termina (¡ja!) la tregua decretada por el IFE, y que por lo tanto sus equipos disponen de un respiro previo al maratónico proceso de campaña, aprovecho la ocasión para demandar de sus consultores la elaboración de propuestas concretas, prácticas, realistas e inteligentes acerca de la ciencia y la tecnología y su necesario papel para el desarrollo de nuestro México.
Los hechos y antecedentes son bien conocidos. Como país, dedicamos una miseria (ni siquiera llega al 0.4 por ciento del PIB) al desarrollo científico y tecnológico, pese a que la ley dice que debíamos estar cerrando el sexenio con una inversión del 1.0 por ciento.
Los legisladores se han pasado esta ley por el arco del triunfo para ocuparse de temas más sustantivos para sus propios intereses y bolsillos.
Una primera exigencia, entonces, es que nos digan cómo esperan lograr que la inversión en ciencia y tecnología realmente se dé en los niveles que el país necesita y que la ley demanda. Desde hace tiempo la verborrea oficial encontró las florituras y retórica para decir que ciencia y tecnología son agentes indispensables del cambio. ¡Guau!
Si la realidad estuviera a la altura del verbo, otro gallo nos cantara, pero como en este país no hay rendición de cuentas y ni los científicos ni la investigación pueden sobrevivir a base de rollo, una segunda exigencia es que nos digan, en palabras cotidianas y no con verborrea inflada, cómo esperan hacer de la ciencia y la tecnología verdaderos motores de desarrollo.
Como ya quedó claro, pues la comunidad científica así lo dejó ver en una famosa encuesta desdeñada por el Ejecutivo, México carece de una política científica digna de tal nombre. Existen, sí, documentos pomposos carentes de dientes, pero no parece haber conciencia real, al nivel de quienes sí toman las decisiones, de que ciencia y tecnología representan una de las escasísimas vías cortas al desarrollo.
Si existiera una política científica auténtica, no tendríamos que pasar por vergüenzas como ver que nuestro canciller Luis Ernesto Derbez les vende a estudiantes gringos (en nombre de la creación de empleos) la brillante idea de que debemos convertirnos en cargadores de los productores chinos.
Si hubiera una política científica auténtica, todos los sectores del país la conocerían y armarían sus planes de acuerdo con ella, y en vez de andar prometiendo empleos que a la hora de la verdad son puestos temporales del más ínfimo nivel, tendríamos una mejor perspectiva del futuro.
Una tercera exigencia es, pues, la elaboración de una política científica realista, sensata, hecha a la medida para México pero compatible con un futuro más positivo; una política construida con la participación de los planificadores y los economistas, sí, pero también que escuche la voz de los científicos y los haga corresponsables de su implementación.
He escuchado en distintos foros a expertos de países como Irlanda y Corea del Sur, que hace unas décadas estaban igual de amolados como nosotros y que hoy son potencias mundiales. Tanto irlandeses como coreanos dicen que sí se puede, pero la condición es trazar planes inteligentes y luego seguirlos a rajatabla, con disciplina auténtica y no transformando el "sí se puede" en mera cantaleta de borrachera.
Una cuarta exigencia es, pues, que la política científica propuesta al país incluya mecanismos de financiamiento, amarres legales y hasta responsabilidades penales para asegurar que el crecimiento pueda planearse más allá de un sexenio y que los fondos no vayan a parar a bolsillos tan profundos como cínicos dejándonos otra vez en la estacada.
Una quinta exigencia sería que nos digan, de manera racional y en documentos transparentes, cómo esperan amarrar el sistema educativo a los planes de crecimiento y a las políticas de ciencia y tecnología, porque si no se dan estos amarres, seguiremos anclados en la mediocridad conformista, sin derecho a participar en los grandes retos del mundo.
Vamos a una sociedad del conocimiento, pero ni eso sabemos. ¿Cuáles son las implicaciones de esta tendencia global para nuestro país? Nuestras autoridades no lo saben, ocupadas como están en brincar de un sexenio o un trienio al siguiente, en amarrar el consabido hueso gracias al compadre, al socio o al amigo.
Los expertos internacionales sí conocen esas implicaciones, y se han cansado de decirnos que de seguir así, tenemos garantizado el puesto de coleros ya no entre los países prometedores sino entre los países más pobres.
Necesitamos de ustedes, señores candidatos, planes realistas que nos expliquen cómo le vamos a hacer para romper la maldición y al menos marchar en la dirección correcta.