En los chistes tradicionales, los texanos se caracterizan por su gigantismo: tienen las vacas más grandes, los pozos petroleros más ricos, las hamburguesas más pantagruélicas. Oh, yeah! En la vida real, Texas ha sido uno de los estados de la Unión Americana más nefastos para el progreso de la educación.
La razón estriba en que Texas es el estado insignia en cuanto a la adquisición de lotes de libros escolares y es por tanto el árbitro de los contenidos. Y en no pocas ocasiones en el pasado, los productores de libros de texto han censurado los contenidos de sus libros de ciencias para adecuarlos a las perspectivas de los texanos.
Esto, que de por sí es malo, ha resultado peor en muchos casos gracias a que las instancias de toma de decisiones han estado en manos de ciudadanos conservadores, ultraderechistas, fuertemente religiosos y fieramente reacios a entender lo que es el laicismo. Por eso la teoría de la evolución se ha enseñado en Estados Unidos a cuentagotas y con timidez: gracias a los texanos.
Pues ahora resulta que, aprovechando los jolgorios navideños, las huestes del creacionismo han vuelto por sus fueros. Casi debajo del tapete, el viernes 14 de diciembre pasado la Junta Coordinadora para la Educación Superior de Texas recomendó que se conceda al Instituto para la Investigación de la Creación (ICR en inglés, el think tank del creacionismo en Estados Unidos) la facultad de conceder grados de maestría en educación científica. Ahora sí que la puerca torció el rabo y los cerditos la colita.
Mother Jones, una publicación de librepensadores, comentó con ironía que al parecer la Universidad Baylor no estaba esforzándose lo suficiente por sacar del fondo del mar el arca de Noé. “Quizás la preparación (en el ICR) ayude a los graduados a mantener su empleo en el estado de la estrella solitaria, para no ser despedidos como la ex directora estatal de currículo científico, una desvergonzada promotora de Darwin”.
Y es que en efecto, a fines de noviembre las fuerzas conservadoras de Texas obligaron a Chris Comer a renunciar al puesto que había ocupado nueve años, “acusada de crear la apariencia de un sesgo contra la enseñanza del diseño inteligente”, según dijo el Austin-American Statesman.
Si esta decisión sigue adelante, los texanos podrán agregar a sus laureles el de la estupidez educativa más grande del mundo.