Más allá de las penosas marcas de nuestros quinceañeros en las pruebas PISA, un primer análisis de los datos de este examen internacional apunta hacia una realidad triste: tenemos las ganas pero no los medios.
Los hechos son simples. En 2006 se realizó la tercera edición de las pruebas del Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA), repitiendo con pocos reactivos los estudios previos de lectura y matemáticas, y acentuando la evaluación de ciencias.
Las autoridades educativas aplaudieron la mejora en matemáticas, pues de 2000 a 2006 pasamos de 387 a 406 puntos. No dijeron ni pío de la caída en lectura, en la que para el mismo lapso pasamos de 422 a 411 puntos.
En ciencias, quedamos a la cola de los países de la Organización Para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), con 410 puntos; el líder, Finlandia, sacó 563. Trasladando esto a educación, significa que para alumnos de la misma edad, andamos al menos tres años rezagados.
Para detallar un poco, la prueba PISA tiene seis niveles de competencia, del 1 al 6. En el 1 hablamos de alumnos que apenas siguen instrucciones; en el 6, de estudiantes con mucha capacidad de pensamiento abstracto.
La mayoría de los estudiantes de Finlandia se ubica en los niveles 3 a 5; el promedio de la OCDE está en los niveles 2 a 4. ¿Y en México? Más de la mitad del alumnado está en nivel 1 o inferior. Más de bulto: 81.6 por ciento de los estudiantes están en nivel 2 o inferior.
Una prueba no define el futuro de esos muchachos, pero algo se puede deducir. Blanca Heredia, responsable de la OCDE en México, dijo que con las habilidades que se cargan, no podrán ir “más allá de las labores más mecánicas asociadas a la fuerza física”. En otras palabras, serán obreros.
En nuestro México lindo y querido sabemos bien que la competencia en exámenes escolares dice poco sobre la prosperidad futura de un individuo: un taquero exitoso no sabe lo mismo que un erudito rinconero pero puede ganar más, y un político escapa a cualquier marco porque actuar en política es prácticamente una patente de impunidad.
En fin. Lo que me parece más triste es que, viendo los análisis de la OCDE sobre las pruebas, está claro que los adolescentes mexicanos están entre los más curiosos y ávidos de saber. Y esa curiosidad ni la aprovechamos ni la nutrimos. Qué vergüenza.