Hoy en día no deberían permanecer desligadas la ciencia y la tecnología del negocio, de la economía, del bienestar material. Los microscopios, teléfonos celulares, internet, la ropa, los alimentos, las medicinas, y un inmenso etcétera, son producto de la asociación ciencia-tecnología-innovación-negocios-crecimiento económico-bienestar social.
El hecho de que en México esta cadena no esté articulada no quiere decir que no exista y que no funcione en el mundo. Además, actualmente la tecnología genera tantos conocimientos como la propia ciencia básica.
Sin embargo, el desarrollo de la ciencia mexicana ha estado más orientado a la ciencia básica, y no digo a la generación del conocimiento básico, pues no se ha producido tanto conocimiento original, aunque hay contribuciones importantes. La otra parte, la tecnología ha vivido políticas cambiantes y erráticas, amén del poco interés de los empresarios por invertir en el desarrollo y la innovación.
Por ello, el reto de Leonardo Ríos, director adjunto de Desarrollo Tecnológico y Negocios de Innovación del Conacyt, quien con justa razón señala que el Sistema Nacional de Investigadores es más bien un Sistema Nacional de Escritores, se antoja complicado, quizás el más importante durante este sexenio, pues significará crear mecanismos de evaluación, financiamiento y formación de recursos humanos, bajo mecanismos inexistentes pero fundamentales para el país.
Esta afirmación, divulgada durante el 4o Seminario Regional de Innovación, realizado por el Foro Científico y Tecnológico, la semana pasada en Toluca, describe un sistema de evaluación científica obsoleta que basa la producción de los investigadores en función de artículos publicados en revistas científicas especializadas, principalmente extranjeras.
Tan anacrónico como el propio Sistema Nacional de Investigadores que ha llevado en muchas ocasiones a que los escritos de los científicos, por el afán de publicar más, sean fraccionados. Es decir, en lugar de publicar una “historia” o proyecto, lo que hacen es publicarlo por capítulos.
Así, la mayoría de los artículos se quedan en simples relatos incompletos de papel. Pocas contribuyen a la generación de conocimiento original.
¿Podrá transformar México este “sistema de escritores” anticuado, desvinculado de la realidad, pero sobre todo, burocratizado y no exento de corrupción para, en su lugar, dirigir la política tecnológica hacia la realización de buenos negocios a partir del conocimiento en beneficio de toda la sociedad?