En el extremo norte del archipiélago de las Galápagos, un puñado de islas volcánicas a mil kilómetros de la costa ecuatoriana, está la isla de Pinta. En 1971, unos cazadores de cabras encontraron ahí un reptil que se convertiría en un auténtico icono de la conservación. Bautizado como George, aquel ejemplar de tortuga gigante resultó a la larga ser el último ejemplar vivo conocido de la subespecie Geochelone nigra abingdoni, un macho solo en un mundo sin hembras de su clase, un callejón sin salida para su linaje. No fue raro que su nombre se ampliara para convertirse en George, El Solitario.
George fue llevado a la Estación de Investigación Charles Darwin, en otra de las Galápagos, la isla de Santa Cruz. Ahí los biólogos lo examinaron y, convertidos en casamenteros, pusieron en su corral a dos hembras de la subespecie más próxima: Geochelone nigra becki, oriunda de la isla más grande del archipiélago, Isabela. Pero los años pasan, y George no ha logrado culminar con éxito el apareamiento con sus primas.
En 2001, Solanda Rea, experta en la cruza de galápagos, dijo que nadie sabía cuál era el problema con George. “Simplemente se le acaba el gas cuando trata de copular”, dijo Rea. “En teoría debería ser capaz de aparearse con las dos hembras que pusimos con él, pero creo que después de tantos años viviendo solo, simplemente necesita una hembra de su propia subespecie”.
¿Será cosa de la edad? Después de todo, según el escritor científico Henry Nicholls, autor de Lonesome George: The Life and Loves of a Conservation Icon, la tortuga tiene 86 años. Pero es difícil que esta sea la causa de que George no pueda aparearse: las galápagos pueden vivir hasta 200 años. Harriet, una tortuga gigante que vivía en un zoológico de Queensland, en Australia, murió el año pasado a los 175 años, y otro quelonio llamado Tu’i Malila murió en 1965 a los 188 años.
Tal vez Rea tenga razón y lo que necesita George, El Solitario —joven a sus 86 años, con un metro de caparazón y casi 90 kilos de peso— es simplemente una hembra de su subespecie, una hembra de tortuga de Pinta; pero durante décadas se ha descartado la posibilidad de que hubiera otro ejemplar de la misma subespecie que George.
En Current Biology, un equipo de varias instituciones reportó haber hallado, entre una población de tortugas galápagos, muestreada en la isla de Isabela, un ejemplar que, si bien no es una tortuga de Pinta pura, comparte con George la mitad de los genes: el análisis científico de su progenie reveló que su padre era un macho de la misma población que George, pero su madre era una hembra oriunda del volcán Wolf, en la isla de Isabela. Es decir, hallaron una tortuga que es algo así como prima cercana de George.
Para decepción de quienes suspiraban por una pareja para George, el nuevo quelonio es un macho de unos 30 años. Pero haber descubierto un espécimen que comparte la mitad de los genes con George plantea la posibilidad de que en las islas aún sobrevivan hembras compatibles con el vetusto inquilino.
“El verdadero ‘Santo Grial’ sería encontrar una hembra de Pinta pura”, admitió a Nature el biólogo evolucionista Jeffrey Powell, de la Universidad de Yale en New Haven, Connecticut, coautor del estudio.
¿Cómo lograron los científicos encontrar al primo de George? Revisaron el genoma de la subespecie a la que pertenece la tortuga. Para caracterizar a George, revisaron su genoma y el de seis ejemplares de la misma subespecie tomados de distintos museos.
Inicialmente se estudió una base de datos que contiene datos de las 11 especies de tortugas galápagos que quedan. La muestra se redujo luego a dos poblaciones de Geochelone nigra becki, de la isla Isabela, y al final se analizó a fondo una submuestra de 27 tortugas de Isabela. Ahí estaba el primo. El ejemplar, dijeron, es “claramente es una primera generación híbrida entre tortugas nativas de las islas de Isabela y Pinta”.
Si sólo se revisaron en detalle 27 ejemplares, y si en Isabela hay cerca de ocho mil tortugas, hay buenas probabilidades de que entre la población existan otros primos (y de preferencia primas) de George. Obviamente, el premio mayor sería una hembra de tortuga de Pinta.
¿Cómo fue posible que, siendo las galápagos poco dadas a moverse de su lugar de origen, aparecieran genes de tortugas de Pinta en Isabela? Helen Pilcher describió para Nature la posibilidad de que piratas o balleneros, a cuya voracidad se debió en parte la declinación en las poblaciones de galápagos, hubieran movido tortugas de una isla a otra.
Si esto pasó hace siglos, la hipótesis sería que un macho de tortuga de Pinta pudo cruzarse con tortugas de Isabela o, ¿por qué no?, con otras tortugas de Pinta. Cabe la posibilidad, aunque remota, de que pueda encontrarse una hembra de Pinta pura, la pareja ideal para George.
No será fácil. El año próximo, si hay fondos, una veintena de expertos tratará de obtener información de hasta un millar de tortugas en Isabela. La esperanza es que puedan encontrar una novia para George, El Solitario, que tal vez siga soñando en su natal isla de Pinta.
Muchos enemigos
- En las Galápagos, islas que son parte de Ecuador, hace unos 450 años había más de una docena de subespecies de tortugas gigantes que florecían ajenas al hombre.
- A partir del siglo XVI empezaron a ser visitadas por piratas, que encontraron sabrosa su carne. Lo mismo pasó luego con buques balleneros, que pasaban por las islas rumbo a las aguas del sur.
- A fines de la década de 1950, los agricultores introdujeron cabras, que rápidamente devoraron las plantas preferidas por las galápagos.