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En polos opuestos. El Año Polar Internacional 2007-2008

By ljplata
Creado 04/15/2007 - 10:17
Polo

“Por debajo de los 40 (grados) de latitud, no hay ley; por debajo de los 50, no hay dios; por debajo de los 60, no hay sentido común y por debajo de los 70 no hay inteligencia en absoluto”

--Kim Stanley Robinson, autor de “Antártida”

Hace unos días el mundo entero –o, si no queremos exagerar, cuando menos aquellos científicos con proyectos relacionados con el tema- dio la bienvenida a lo que por cuarta ocasión en la historia será el Año Polar Internacional.

La ceremonia oficial de “Año Nuevo” tuvo lugar en París a las 11 de la mañana. Aunque lugares más ad hoc habrían sido, con toda seguridad, cualquiera de los dos polos, no menos seguro es que entonces el número de pingüino o de osos polares habría igualado o superado al de asistentes humanos.

Al explorador austriaco y oficial naval Karl Weyprecht debemos la idea de organizar una red cooperación científica internacional para estudiar las regiones polares se llevó a cabo en 1882-83. En ese entonces participaron 12 países con 15 expediciones a los polos (13 al Ártico y 2 a la Antártida), en lo que constituyó el primer Año Polar Internacional.

La más reciente iniciativa correspondió al Año Geofísico Internacional, en 1957-58, durante el que participaron 80,000 científicos de 67 países.

 

“La tierra parece un cuento de hadas”

--Roald Amundsen (1872-1928), explorador polar

En esta ocasión, en lo que será uno de los mayores esfuerzos de coordinación en investigación científica de los últimos tiempos, durante los próximos doce meses más de 50,000 especialistas de 63 naciones llevarán a cabo de manera intensa y extensa estudios interdisciplinarios sobre oceanografía, biología marina, física de altas energías, astronomía, meteorología e, inclusive, antropología, sociología, economía y medicina en las regiones más extremas del planeta.

Los viajes de exploración de finales del siglo antepasado y principios del siglo XX, encabezados por aventureros como Scott, Amundsen y Shackleton, serán sustituidos en este Año Polar por el en ocasiones rutinario trabajo de campo que forma parte de investigaciones dirigidas por científicos del más alto nivel. Aunque… ¿quién se atrevería a calificar de rutina a cualquier tarea llevada a cabo en medio de los desiertos helados del Ártico o de la Antártida?

 

“Muchas veces he agradecido a Dios por un bocado de perro crudo”

--Robert Peary (1856-1920), explorador polar

 Todo esto suena muy bien para los científicos, pero nosotros, habitantes de la zona subtropical de la Tierra, ¿qué interés podemos tener en lo que sucede en regiones a las que muchos enviarían al más antipático de sus compañeros de trabajo o a su suegra como castigo?

Tanto el Ártico como la Antártida influyen de manera profunda en el clima mundial. El calentamiento global en las últimas décadas ha ocasionado que el deshielo de los polos se acelere, lo que a su vez origina cambios en la temperatura y salinidad, lo que se traduce en un cambio en la densidad de las masas de agua oceánicas a altas latitudes.

Esto puede traer como consecuencia modificaciones en la circulación general de los océanos y, por lo tanto, cambios en el clima de todo el planeta. Una película que resume de manera dramática uno de los posibles escenarios futuros es El día después de mañana.

Al igual que en la película, para determinar de qué manera va a cambiar el clima en el futuro cercano, meteorólogos y oceanógrafos necesitan alimentar modelos por computadora con datos precisos y suficientes para que las predicciones sean válidas.

Por desgracia, los actuales modelos de simulación climatológicos no funcionan bien en las regiones polares y no han podido, por ejemplo, prever el rompimiento de icebergs de la Antártida observado en años recientes, ni que las tres zonas de la Tierra que más han visto incrementada su temperatura en las pasadas dos décadas son Alaska, Siberia y la misma Antártida, lo que es evidencia de su alta sensibilidad a los cambios climáticos.

 

“Es mejor un burro vivo que un león muerto”

--Ernest Shackleton (1874-1922), explorador de la Antártida, luego de fallar por 100 km en su intento por llegar al Polo Sur.

Los más de doscientos proyectos de investigación científica que formarán parte del Año Polar Internacional han sido clasificados por la Organización Meteorológica Mundial y el Consejo Internacional para la Ciencia, organizadores del evento, en seis grandes áreas que facilitan una visión de conjunto: atmósfera, hielo, tierra, océanos, gente y espacio.

En el caso de la atmósfera, los científicos desean estudiar la formación de nubes en la estratosfera de los polos, la pérdida de ozono y el daño ocasionado por la radiación ultravioleta que penetra en la atmósfera polar.

Al hablar de hielo, se busca medir los cambios netos de masa de los casquetes polares, tanto en cobertura de nieve como en la capa de hielo que cubre el océano, así como sus consecuencias en los ecosistemas terrestres y marinos.

Cuando de tierra se trata, nos referimos en particular al permafrost, una forma de hielo cuya pérdida ha afectado la ecología, la hidrología y la estabilidad del suelo en los polos; además, la descomposición del permafrost libera gases como el metano, que incrementan el efecto invernadero global.

Con respecto a los océanos, se desea cuantificar e investigar el efecto del incremento en la temperatura del agua como consecuencia del calentamiento global, e integrar los conocimientos de la oceanografía física, la ecología y la economía de los polos para proponer nuevas estrategias de desarrollo sustentable de sus recursos marinos.

No debe extrañarnos que el espacio y la astronomía tengan un papel en este Año Polar, pues la Antártida ofrece inmejorables lugares para la medición de la radiación cósmica de miroondas, así como de las anomalías del campo magnético terrestre, cuyo rápido decremento –de observarse- evidenciaría una inversión de los polos. Recordemos que “rápido”, para geólogos y geofísicos, significa miles y miles de millones de años, por lo que nadie debe preocuparse por el momento.

 

“No comas la nieve donde van los huskies… la nieve amarilla…”

--Dicho escandinavo

Pocas personas -si es que hay alguna- pueden imaginarse un paisaje ártico sin osos polares, narvales, perros jalando trineos y, por supuesto, esquimales. En el pasado, fueron los inuit quienes sirvieron de guías durante las primeras exploraciones científicas a estas regiones. Hoy en día se enfrentan a situaciones en apariencia totalmente inocuas, pero que son las más peligrosas para su sobrevivencia como pueblo, como es el cambio de su dieta tradicional debido a la cada vez mayor facilidad de comprar lo que un esquimal de hace cien años jamás habría podido: comida chatarra.

Durante el Año Polar Internacional, los investigadores estudiarán la salud de las comunidades humanas tradicionales del Ártico, en especial el impacto que sobre ellas ha tenido la contaminación, así como la identificación de la presencia de enfermedades infecciosas y crónicas.

Los estudios no se limitarán a este ámbito, sino que incluirán investigaciones sobre la tradición oral en el aprendizaje intergeneracional, medidas legales de protección de los valores y de la integridad del conocimiento tradicional y la evaluación económica y social de los impactos que en estas comunidades ha tenido el manejo y transporte de los recursos de estas tierras.

Si bien los proyectos de investigación abarcan cientos de líneas que describen sus objetivos y metodologías, las metas del Año Polar Internacional pueden ser resumidas en cuatro puntos y unas cuantas líneas: 1) explorar nuevas fronteras científicas; 2) profundizar en nuestra comprensión de los procesos polares y de su interacción global; 3) atraer y formar a la siguiente generación de científicos polares; 4) atrapar el interés de los niños, del público y de quienes toman las decisiones.

De conseguirse, el Año Polar será, irónicamente, un año de bastante calidez no sólo para científicos y esquimales, sino para todos nosotros.


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