Así como los matemáticos tienen axiomas que no requieren demostración, los biólogos moleculares tienen el llamado dogma central, que define los fundamentos de la genética como una vía de un solo sentido y se expresa más o menos así, con perdón de Gertrude Stein: ADN hace ARN hace proteína.
Veamos. En el eje de la genética está la molécula de ácido desoxirribonucleico (ADN), una doble hélice que encierra los genes que determinan buena parte de cómo somos. En ciertas condiciones, esta molécula se abre y permite que la maquinaria celular copie una secuencia de instrucciones, las cuales adoptan la forma de una molécula de ácido ribonucleico (ARN). Por sus funciones, a esta molécula se le llamó ARN mensajero o ARNm.
El dogma dice que el ARNm sale del núcleo de la célula, viaja hasta las fábricas llamadas ribosomas, y ahí se aprovecha su información para ensamblar, pedazo a pedazo, las proteínas que necesitan las células, que necesita la vida.
Esta visión sencilla, que todavía es válida, se presta para ver al ARN como lo que era en esa función inicial: un simple correveidile que lleva una información desde el sanctasanctórum del ADN, en el núcleo, hasta los ribosomas.
Pero resulta que el ARN es mucho más que un mensajero. O más bien, resulta que hay una enorme cantidad de moléculas de ARN con funciones muy variadas.
En la última década, los científicos han encontrado una mina de conocimiento en segmentos de ARN cortos que tienen una función regulatoria.
En otras palabras, estos ARN no son simples recaderos: son organizadores, verificadores, inspectores, controladores. En inglés, a estas moléculas se les ha llamado siRNAs o miRNAs, dependiendo del tamaño. La s del primer caso viene de small, pequeño, y la m del segundo viene de micro. ¿Y la i? Viene de la función reguladora: interference. Porque estas moléculas cumplen con sus funciones de regulación interfiriendo con otros procesos.
Un símil que se me ocurre es el de comparar a estas moléculas con los antiguos transistores o los todavía más viejos bulbos o válvulas de vacío. El concepto clave era regular un flujo grande con un flujo chico.
Así pues, un nuevo rol de las moléculas de ARN es de lo más fascinante: la maquinaria genética emplea trozos de genoma de unas cuantas unidades para así controlar la expresión de trozos más largos: los genes. El primo simple resultó más complicado que nada.