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Horacio Salazar: “Nuestra ciencia está desnutrida y subdesarrollada”

Por Gabriela Olivares Torres

Promover el conocimiento no es, en definitiva, una labor sencilla. Mucho menos si se trata de literatura de divulgación científica, campo donde a pesar de los pesares, Horacio Salazar se ha inscrito primero como columnista de la revista Milenio, y ahora a raíz de la publicación El Ombligo de Edipo.

Publicada por Random House Mondadori bajo su sello Debate, la obra tiene como objetivo “evidenciar que la ciencia no es un cúmulo de conocimientos abstractos, abigarrados o absolutos, sino toda una construcción cultural del saber propio de cada hombre y cada época”.

La meta se persigue a través de diez ensayos que fueron escritos a raíz de un taller que realizó el Centro de Escritores de Nuevo León, donde ocho autores fueron seleccionados. Dentro de este contexto, Salazar, quien es maestro de la Universidad de Monterrey, reflexionó en torno a temas e ideas que han sido centrales para el desarrollo de la ciencia a lo largo de la historia.

La curiosidad como punto de partida para los cuestionamientos medulares que se generan en el ser humano, es uno de los aspectos básicos de esta propuesta bibliográfica que contiene citas de grandes pensadores como Roland Barthes, Walt Whitman y Francis Bacon, además de una escritura amena, fácil de leer y no exenta de humor.

Todo parte de una pregunta: ¿tenían Adán y Eva ombligo? De ahí comienza el reto para el lector que Salazar busca inquietar hasta imaginar el origen de la especie, el principio de toda nuestra carga biológica y cultural heredada por los siglos de los siglos.

– ¿Qué tan complejo es entrar en un proyecto editorial de difusión científica?, interviene ZETA en una entrevista vía telefónica con el narrador.

“Es como cualquier otro en el sentido de que requiere disciplina, dedicación, entusiasmo, obviamente tiene que gustarte lo que haces. Se parece a todas esas cosas en las que quieres tener éxito, tienes que meterle alma, corazón y vida”.

– ¿De dónde viene tu interés por la ciencia?

“Desde que era niño leía mucho y uno de los temas que eventualmente terminé leyendo de manera preferida, fueron libros de ciencia. De manera que desde los 16 años tenía el gusanito de aprender mucho sobre ciencia, a fin de cuentas acabé trabajando en periodismo pero nunca me separé de la cuestión de comunicar la ciencia”.

– ¿Cuánto tiempo tardó en escribirlo?

“Alrededor de un año para la edición principal, eso nada más contando el tiempo de escritura, antes había leído muchísimo. Por ejemplo, Galileo, que es uno de mis temas favoritos, a estas alturas he leído como unas 15 ó 20 biografías de él”.

– Cuando se hace un libro de divulgación científica, se tiene que tener muy en cuenta el lector al que va dirigido…

“Mi experiencia particular, cada vez que leo una novela de Mario Vargas Llosa, como he leído varias, ya sé que al principio no voy a entender el principio de la lógica porque cada novela tiene una lógica propia que uno va aprendiendo conforme la lee; al principio uno está medio siempre despistado y a la mitad de pronto todas las piezas encajan y aquello se convierte en una delicia. Eso es muy complicado, es más difícil que divulgar. Divulgar tiene sus propios retos, por supuesto el más importante es tener una voz que sea comprensible para el máximo posible de lectores”.

– Lo interesante de “El Ombligo de Edipo” es que brinda una lectura lúdica…

“Ese es parte del propósito a la hora de elaborar una voz para prepararlo, aunque sea una colección de ensayos, no son ensayos en el sentido que manejan en algunas revistas literarias, ensayos que son grandes tratados metafísicos muy profundos que los empiezas a leer y te aburres. Yo me voy a la excepción de Montaigne, el creador del género, tiene que ser la narración de un episodio que te interesa, te gusta y en el que le metes tu espíritu. Son ensayos para entretener, informar, formar y comunicar una visión del mundo”.

– ¿Qué tan cerrado es el campo de periodismo científico?

“Todavía hay pocas voces, son insuficientes para cumplir con la tarea que es verdaderamente poner a la ciencia al alcance de la gente común y corriente”.

– En México hay un vacío en el terreno de la investigación científica…

“Sí, hay una falta de una cultura sólida de ciencia como actividad. Nuestra ciencia está desnutrida y subdesarrollada. Esto se debe a muchas razones estructurales, pero por supuesto que la principal es la falta de un apoyo verdaderamente sólido en materia financiera, el presupuesto que se destina en México a la ciencia es bajísimo. Los políticos dicen: ‘la ciencia es nuestro motor de desarrollo’. Oye, y tú tienes un motor de desarrollo en el que gastas 34 centavos cuando te llegan cien pesos. A la ciencia se le apoya con palabras, pero con palabras no se compra equipo experimental, no se paga el sueldo de un académico de primera línea; necesitamos un apoyo sustancial a la ciencia para que crezca. Obviamente si la ciencia crece, crece la necesidad social de divulgar esa ciencia. Entonces, un factor importante para que haya mejor divulgación en México es que haya mejor ciencia, para que haya mejor ciencia necesitamos meterle unos centavos más”.

– Y en materia de educación, ¿cómo ve el peso que el sistema oficial le da a la ciencia?

“Los números hablan por sí solos. Tenemos un sistema educativo que hace muchos esfuerzos, pero que también tiene muchas desviaciones. Los maestros, por razones históricas y culturales, ocupan más tiempo en reuniones sindicales o en cosas de ese tipo que en preparar a nuestros pequeños. Esto no lo digo yo, México es parte de la OECD, un conglomerado de países centrado en Europa, y México es ahí el país ratonero, somos los de la cola. En el campo de la educación están las pruebas PISA que se acordaron entre todos los países y esos resultados evidencian que la educación de nuestros niños está mal. Quizás haya buenos maestros, pero cuando vemos el promedio que miden los exámenes internacionales, se demuestra que nuestros niños leen mal, no entienden lo que leen, si no le encuentran sentido, no pueden reunir las piezas del rompecabezas, cuando tienen un problema de matemáticas no lo entienden, ¿cómo lo van a resolver? Encima hay una serie de indicadores internacionales que nos dicen que la educación en México tiene muchas lagunas”.

– ¿Qué papel pueden, entonces, jugar las editoriales para contrarrestar estos huecos?

“Un papel importante. Todavía los indicadores de culturas dicen que tenemos un país en donde se leen pocos libros. Vemos más bien revistitas semanales rojas donde hay mucha sangre y mucha carne, pero también eso ocurre por la falta de una oferta atractiva. En los últimos años se han abierto espacios tanto en los medios como en las casas editoras de libros y empieza a haber una comunidad de divulgación pequeña, sin embargo muy sólida. Lo que necesitamos es tratarla con cariñito para que pueda crecer”.

– ¿Tiene pensado otro trabajo de divulgación científica?

“Creo que en parte dependerá de la respuesta que tenga este libro. De entrada puedo decirte que estoy bien entusiasmado. Claro que voy a continuar con el proceso, no necesariamente con este tipo de libro, pero con algo que pueda contribuir. Tengo en mente hacer un manual práctico para divulgadores, con menos teoría y más ejercicios, para que este oficio de la divulgación se convierta en una disciplina más organizada y susceptible a ser medida por resultados, en la que haya una praxis en la que podamos medirnos, evaluarnos y mejorar. Como país dependemos de que cada oficio, carrera y posición en la escalera social se realice con el máximo de calidad. Que el periodismo y la divulgación científica se hagan con mucha calidad. Voy a ver si puede aportar un granito de arena en ese sentido”.

[Publicado en Zeta.]

 

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