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La pesadilla de Fleming

La serendipia —los descubrimientos accidentales— son fuente de grandes avances científico-técnicos.

Ejemplo clásico es la penicilina, hallada en 1928 (¡hace 80 años!), por el escocés Alexander Fleming, y que revolucionó la medicina a partir de su producción masiva en los años 40. Desde entonces, el tratamiento de muchas infecciones antes mortales se convirtió en cuestión de inyecciones o pastillas.

Desgraciadamente, inició nuestra carrera armamentista contra las bacterias que causan enfermedades, pues la selección natural hace que el uso masivo –muchas veces el mal uso– de antibióticos elimine a las bacterias sensibles, y vaya así escogiendo a las mutantes resistentes. Resultado: muchas bacterias son inmunes a varios antibióticos simultáneamente.

El problema adquiere nuevos matices con un inesperado descubrimiento (nuevamente la serendipia) anunciado la semana pasada por el equipo de George Church, de la Escuela Médica de Harvard (Science, 4 de abril), que confirma la frase de Pasteur: “la suerte favorece sólo a la mente preparada”. Buscando bacterias capaces de convertir la celulosa de desechos agrícolas en biocombustibles (en un campo fertilizado con estiércol de vacas que consumían regularmente antibióticos) hallaron algunas que no sólo sobrevivían, sino proliferaban.

Resultó que estas bacterias, además de sobrevivir a los antibióticos, se alimentan de ellos, usándolos como única fuente de carbono. Ante esto, los investigadores cambiaran el enfoque de su estudio para analizar las bacterias de 11 muestras de distintos suelos (urbanos, de granjas y de parajes boscosos no tocados por el ser humano en 100 años). El resultado: en todos ellos se hallaron bacterias capaces de alimentarse de antibióticos, y no sólo eso: prácticamente todas ellas eran además resistentes a varios antibióticos (en promedio, a 17).

Aunque ninguna de las bacterias halladas produce enfermedades en el humano, la existencia de esta verdadera reserva de genes de resistencia en todo tipo de suelos es preocupante, debido a la bien conocida capacidad de las bacterias para intercambiar información genética entre ellas.

En resumen, Darwin pone en problemas a Fleming: este hallazgo imprevisto muestra que, si no queremos perder la lucha contra las bacterias patógenas multirresistentes, urge acelerar el desarrollo de nuevos antibióticos.

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