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Tabaco y confusión

Siguiendo al maestro José de la Colina (20 de febrero), espero que nuestro director Carlos Marín no me corra por decir esto, pero me parece que quienes se oponen a la “ley antitabaco” olvidan algo fundamental.

Arguyen que prohibir que se fume en espacios públicos es vulnerar un derecho de los fumadores: el de meterse la sustancia que se les venga en gana a los pulmones, con las consecuencias que esto tenga.

Puede que tengan razón. El café y el alcohol, por ejemplo, son drogas que pueden causar daño y no están reguladas. Pero otras, como la mariguana –que también se fuma– o la cocaína están prohibidas. Y nadie se rasga las vestiduras por ello (bueno, casi nadie…).

Pero el punto no es ese: es que está comprobado, por medio de estudios clínicos rigurosos, que fumar aumenta de forma importante la probabilidad de padecer enfisema y cáncer de pulmón (junto con otros males, menos publicitados), enfermedades que causan anualmente miles de muertes. Ninguna de las otras drogas mencionadas perjudica de manera tan clara y directa la salud.

Además, el humo del tabaco se difunde alrededor del fumador, afectando a quienes lo rodean. Por ello, el “derecho a fumar” se contrapone directamente al derecho a no fumar de los demás. Esto tampoco ocurre con las otras drogas mencionadas, excepto la mariguana (podrá decirse que un borracho perjudica a los demás al conducir ebrio y causar un accidente, pero se trata de un efecto indirecto).

Así que fumar es dañino, y no sólo perjudica al fumador, sino a quien esté cerca. Éstos son hechos.

Lo que se les olvida a quienes adoptan la línea de “discriminación al fumador” para defender su vicio (o su gusto), es que las medidas contra el tabaquismo no están dirigidas a discriminar a una minoría de adictos: están encaminadas a disminuir su número. Lo que se busca es que haya cada día menos fumadores, o que los que haya fumen cada vez menos. De modo que no: no se trata de discriminarlos, sino de ayudarlos a cambiar. Las razones son claras.

Una sociedad tiene derecho a combatir todo lo que la daña, sean hábitos, adicciones o enfermedades. Uno puede quejarse porque lo obliguen a vacunarse, a usar cinturón de seguridad, a no conducir tomado o a no fumar. Pero tratar de justificar tal oposición con argumentos es forzar las cosas.

¡Sólo espero que los fumadores no clamen, ahora, que se está planeando un genocidio contra ellos!

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