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Pareidolia

Para quienes gustan de las cosas sensacionales, ayer fue un día sabrosón, a juzgar por cómo zumbó internet conforme circuló por aquí y por allá un pedazo de fotografía de Marte captada al parecer por el rover Spirit.

La imagen de marras, debidamente borrosa para acentuar el misterio, muestra una pequeña silueta que puede interpretarse como vagamente humanoide: parecería una sirena sentada con el brazo extendido. Según platica la cuestión el sitio de noticias de BBC, en diversos foros la figura fue interpretada al gusto de cada usuario: unos vieron en ella un gnomo de jardín, otros vieron ¡a la virgen María! Muchos la identificaron (por el color) con la estatua de la Sirenita que está ubicada en Copenhague. No faltó (por supuesto) quien dijera que era Bigfoot.

Un atisbo de razón quiso darlo el astrónomo Phil Plait, que opera el sitio web Bad Astronomy y que se mofó sarcásticamente de las conjeturas y zonzeras circulantes respecto a la imagen. Para mayor claridad, incluyó una liga a la imagen original de la NASA, que está en http://www.nasa.gov/images/con-tent/207495main_Spirit.jpg.

Cuando se ve el pedazo de foto colocado en su contexto, queda claro que la presunta figura es una simple piedra ubicada a unos centímetros del rover. Pero una realidad así de sea palidece ante los jugos de la imaginación: ¡vida en Marte! ¡Sirenas marcianas!

En realidad, como bien comenta Plait, ver en la foto una figura humana es un ejemplo claro del fenómeno conocido como pareidolia, la propensión del ojo humano a identificar patrones donde hay información vaga o ambigua. Es la pareidolia la que nos permite ver figuras en las nubes, en las piedras, en los árboles, en dondequiera que haya información insuficiente y la imaginación corra libre.

Por eso durante mucho tiempo se habló del hombre en la Luna, que fue reemplazado por el rostro en Marte, y que sin duda ahora cederá paso a la Sirenita del Spirit.

Hace años, Luis Alfonso Gámez escribió para Magonia una magnífica explicación de los excesos y rarezas a que conduce ese afán nuestro por dejarnos llevar por la imaginación para que las cosas signifiquen algo: desde escuchar palabras satánicas en discos tocados al revés hasta las paparruchas de los rostros de Bélmez.

Entre las mil bondades que nos trajo la inmediatez de internet también está la capacidad de convertir casi todo en un circo de tres pistas. Es el precio a pagar.

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