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Derechos humanos

Varios lectores escriben para hacer patente su desacuerdo con lo dicho aquí la semana pasada: que la propuesta de castración química a violadores es una “peligrosa tontería”.

Quizá mi texto podía leerse como una defensa de los violadores. Nada más lejos de mi intención: soy el primero en pedir justicia implacable contra esos y otros criminales. Pero, contra lo que piensan Carlos Alazraki y el político para quien diseñó la campaña de “los derechos humanos no son para las ratas”, esta justicia no puede pasar por encima de los derechos de los criminales (sí: hasta ellos los tienen, nos guste o no). La Declaración Universal de los Derechos Humanos lo reconoce implícitamente. Artículo 5º: “Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes”.

El Estado, si bien tiene obligación de utilizar los medios que sean necesarios (multas, cárcel…) para castigar a quienes infrinjan la ley, no tiene derecho a aplicar penas que vulneren la integridad corporal de los infractores, fisiológica ni anatómicamente. Por eso nos oponemos a las mutilaciones corporales, los azotes, la pena de muerte…

La ciencia ofrece razones para cuestionar la propuesta: se dice que la castración química es “reversible”, pero la afirmación es dudosa: es probable que deje secuelas, quizá graves. Más allá de eso, creer que un delito tan grave y destructivo como la violación es sólo producto de los “impulsos” irrefrenables del violador, y que puede controlarse sólo con hormonas es aplicar un reduccionismo biológico tan falso como simplista.

Los derechos humanos siempre son polémicos. Pensemos en los argumentos que los fumadores (como el siempre provocativo director de MILENIO Diario, Carlos Marín) invocan para defender su “derecho humano” a fumar. Por supuesto, lo tienen, pero los efectos cancerígenos del humo de tabaco están comprobados más allá de toda duda, y como dicho humo se esparce, afecta a quienes no fumamos. Ellos tienen derecho a fumar (pero actúan irrazonablemente, al consumir un producto nocivo). Y nosotros tenemos derecho a no ser envenenados.

Mientras no se invente un cigarrillo que sólo desprenda humo hacia los pulmones del suicida (perdón, el fumador), el sagrado derecho a fumar tendrá que supeditarse al derecho a la salud de quienes no fumamos. ¡Ni modo! El tabaco hay que prohibirlo, y a los violadores hay que encarcelarlos, no mutilarlos.

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