Prejuicios y clones sin embriones

La noticia, publicada la semana pasada, de la creación de células madre humanas a partir de células de piel opacó por completo la comentada en la anterior entrega de esta columna (la obtención de células madre de un primate —Macaco rhesus— a partir de embriones clonados, cosa que no había sido posible hasta ahora… aunque ya el coreano Woo Suk Hwang lo había anunciado, fraudulentamente, hace dos años).

¿Por qué opacaron las células de piel humana a las de primate?

Primero, porque son humanas. Y segundo, porque no son embrionarias. Obtener células madre sin usar tejido embrionario elimina las objeciones éticas que tanta discusión han causado. Inmediatamente el Vaticano echó las campanas al vuelo (no las de Catedral, por suerte): monseñor Elio Sgreccia, presidente de la Academia Pontificia para la Vida, declaró que el logro evitaría el “maquiavelismo ético” (sic) de “salvar la vida de una persona matando a otra”.

¿Dónde está el prejuicio?

En pensar que el conjunto de 128 células que, luego de 4 días de fecundado el óvulo, forman la esfera hueca llamada blástula, de cuyo interior se obtienen las células madre, es una “persona”. Eso es excesivo y falso. A menos que se crea en un alma inmaterial, una blástula no es más “persona” que el prepucio que se le corta a un recién nacido en la circuncisión.

Y justo fueron células de prepucio y de piel fetal las que usó el grupo de James Thomson, de la Universidad de Wisconsin, mientras que el de Shinya Yamanaka, de la de Kioto, usó células de piel de adultos. Introduciendo cuatro genes en ellas, lograron que se “desdiferenciaran” y dieran origen a “células pluripotenciales inducidas”, que son muy similares a las células madre y pueden dar origen a células de cualquier tejido.

Ambos logros, publicados respectivamente en las revistas Science y Cell, son prometedores e importantes. Pero no hay que apresurar juicios. Para introducir los genes se utilizó un virus que causa mutaciones y cáncer, y parte de los tejidos obtenidos fueron de tipo tumoral. Esto plantea serias objeciones al uso médico de la técnica.

Las células pluripotenciales inducidas pueden evitarnos problemas éticos, pero quizá no sean la mejor solución.

Preferirlas sólo porque no son embrionarias es expresión de un prejuicio que, tal vez, tengamos que superar.

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