Desigualdad
En un mundo ideal, todas las personas tendríamos los mismos derechos y oportunidades. Sin importar nuestro color, nuestro sexo, nuestra edad, nuestra ascendencia, deberíamos poder más o menos tirarle a una vida digna. En un mundo ideal.
Suspiro. Aunque una nota de ayer dice que nuestro cerebro enfrenta la vida con un optimismo irredimible, la realidad se encarga de vapulear ese optimismo con hechos irrecusables. En el mundo real no somos iguales, y nos distinguen el color, el sexo, la edad, la ascendencia y mil factores más.
El British Medical Journal acaba de publicar un estudio (“El impacto global de la desigualdad en el ingreso sobre la salud por edad: un estudio observacional”) que ratifica una intuición muy conocida: que hay una clara relación entre la desigualdad de ingreso y la tasa de mortalidad. En otras palabras, los países donde hay gente muy rica y gente muy pobre tienen tasas de mortalidad más altas, en particular en los rangos de edad considerados de alta productividad social.
Algunos amigos me dirían que eso es una obviedad del tamaño del mundo: cuando un país es muy desigual, como es el caso de México, la riqueza del rico no sólo insulta al jodido: gracias a una cosa llamada “estrés psicosocial”, la diferencia llega a traducirse en problemas fisiológicos.
Puede que sea obvio, pero no existía la evidencia empírica. Era más bien una simple intuición so-
ciológica que además resultaba política y socialmente correcta. El nuevo estudio le da dientes a la idea, pero además bien cimentados, porque antes se habían logrado algunas evidencias, aunque sólo en países más bien opulentos: el estudio encabezado por Danny Dorling, de la Universidad de Sheffield, revisó datos de 126 países del mundo en los que vive 94.4 por ciento de la población humana, así que es bastante completo.
Los puntos relevantes: 1. Es más fuerte la correlación entre mortalidad y desigualdad que la correlación entre mortalidad y riqueza; es decir, tiene más impacto sobre la salud el nivel de disparidad que la riqueza absoluta de una persona. 2. El resultado vale para todos los países, ricos o pobres. 3. Para los países de la OECD, el impacto fue más intenso sobre el grupo de edad de 15 a 29 años; a nivel mundial, sobre el grupo de 25 a 39.
“Los humanos son animales sociales y no están bien construidos psicológicamente para sobrevivir en ambientes poco cooperadores, en particular en la flor de la vida”, dice una conclusión.
Horacio Salazar
25/10/2007





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