Epifanía

Arquímedes

La palabra epifanía, que literalmente significa “manifestación; fenómeno milagroso”, tiene una versión laica que en el Merriam-Webster está expresada así: “manifestación súbita de la esencia o significado de algo”. Indica el momento en que se revela la auténtica naturaleza de algo, y no es de extrañar que su connotación más común aluda a la visita de los Reyes Magos al recién nacido Jesús.

Empecé a leer un sabroso libro de Scott Berkun que se llama Los mitos de la innovación. Y el capítulo inicial toca precisamente al muy común mito de la epifanía en el proceso de innovación, que en este campo particular es lo que llamamos el momento eureka.

Este mito está encarnado sobre todo en las conocidas “anécdotas” sobre la manzana que dio a Newton la idea de la gravedad y el baño de tina con el que Arquímedes pudo resolver, en un episodio nudista, el espinoso asunto de la corona de oro del rey.

Berkun sostiene, a mi juicio con toda razón, que esos destellos de genialidad que son parte de la mitología científica son simples inventos de nuestra mente siempre dispuesta a inventar un buen cuento. En realidad, dice el autor, en una abrumadora mayoría de casos en los que se puede identificar un momento eureka, también se puede identificar un largo periplo, muchos años de trabajo duro y de sudor honesto antes de que aparezca, como caído del cielo, el momento de la epifanía creativa: el instante en que todo cobra sentido.

¡Sopas! Berkun usa una analogía muy ilustrativa, comparando el momento de la epifanía con la conclusión de un rompecabezas. “Cuando pone en su lugar la última pieza, ¿hay algo especial en esa pieza o en la ropa que vestía usted cuando la puso? La única razón por la que esa última pieza es importante es porque existen todas esas otras piezas ya puestas en su lugar. Si usted revuelve las piezas una segunda vez, cualquiera de ellas podría resultar ser la última pieza, mágica.

La epifanía funciona igual: no es la manzana o el momento mágico lo que importa mucho, es el trabajo que se hace antes y después”. ¿Qué es lo que importa entonces, si no es ese rayo fulgurante de la musa?

La respuesta la dice Ted Hoff, que inventó el microprocesador 4004 para Intel: “Si siempre está esperando esa innovación maravillosa, probablemente nunca llegará. Más bien lo que necesita hacer es seguir trabajando en cosas. Cuando encuentra algo bueno, tiene que seguirlo”. La magia, pues, no es un momento: es un largo y afanoso trabajo. Salud.

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