Frijolitos pintos

Frijoles pintos

Ayer a mediodía, mi hijo de seis años me mostró, orgulloso, su primer experimento científico: un vaso de unicel con algodón en el que crecen tres plantitas de Phaseolus vulgaris, esa leguminosa a la que llamamos frijol.

Aunque son parte de la dieta cotidiana de muchos mexicanos, los frijoles no tienen muy buena fama, por razones que podríamos llamar, eufemísticamente, ligadas a los gases de invernadero. Pero calentamiento global o no, casi todos disfrutamos bien un plato de frijoles en bola, o bien refritos con chorizo, o incluso con epazote o ya, en el colmo de la gula, unos frijoles charros llenos de pura cosa engordadora.

En particular, yo prefiero la variedad que le dicen mayocoba; y si es con epazote, los frijoles negros.

Pero ahora resulta que los verdaderos salvadores son los frijolitos pintos. Al mando de Donna Winham, un equipo de la Universidad Estatal de Arizona hizo a 17 voluntarios –de los cuales un tercio eran de origen hispano, y de entre 20 y 65 años– consumir cada día media taza de frijoles pintos durante ocho semanas. ¿Cómo? Al gusto: unos los comieron cocidos, otros con tomate y cebolla. Sólo se les pidió no cocinarlos con manteca de cerdo o con tocino (¡adiós frijoles charros!).

Así resumió Winham los resultados: “Al final del estudio encontramos que el consumo diario de los frijoles ayudó para que en promedio los participantes redujeran su colesterol en un ocho por ciento”.

¡Ocho por ciento es mucho! Como alguien que ya ha llevado dietas para bajarle al colesterol malo, puedo certificar que la guerra contra el colesterol se gana con muchas dificultades. Ahora Winham llevará su estudio más allá, estudiando entre otros a los frijoles negros.

Su estudio es importante. En particular ya le cambió la vida a Esther Martínez, ávida engullidora de frijolitos pintos pero refritos con abundante manteca. La participante traía el colesterol alto y era candidata ideal para la diabetes, pero el estudio le sirvió para cambiar de hábitos. Ahora los come cocidos con tomate fresco y chile verde. O los fríe con queso y aceite de canola. ¡Provecho!

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