Ingeniería aeronáutica
Es posible que a más de tres les sorprenda, pero han de saber, lectoras queridas, que en mi lejana juventud yo estudié. Para más señas, me salió el bigote en las aulas de la Facultad de Ingeniería Mecánica y Eléctrica, en la Universidad Autónoma de Nuevo León, donde intenté (sin éxito) convertirme en ingeniero en electrónica y comunicaciones.
Por lo anterior, comprenderán que me dio gusto estar presente en el acto en que los directivos de la universidad y de la facultad presentaron los detalles de una nueva carrera profesional: Ingeniería aeronáutica, que a la fecha sólo se imparte en la ESIME, es decir, en el Instituto Politécnico Nacional.
La ocasión me permitió saludar a dos viejos amigos: el rector de la UANL, José Antonio González Treviño, y el director de FIME, Rogelio Garza Rivera. Ambos fueron mis entrenadores en mis lejanos días de jugador de futbol americano (sí, también jugué).
En el acto hubo muchos académicos de FIME, funcionarios del gobierno estatal y de diversos comités, así como directivos de empresas aeronáuticas. Y el consenso en sus mensajes de felicitación fue algo así como: “Ya hacía falta”.
Más explícitamente, varios comentaron que el hecho de que la carrera sólo se impartiera en la ciudad de México había dificultado la expansión de la industria en otras plazas, y también dijeron que algunas inversiones no se habían podido hacer porque no había suficiente personal calificado.
Esta carencia de recursos humanos es crónica y no se limita a la industria de fabricar partes de aviones (aunque el ingeniero Zárate Negrón soltó a la concurrencia un sueño formidable: qué tal fabricar un avión comercial mexicano?). Empecé a leer el borrador de la Ley de Ciencia, Tecnología e Innovación, y casi desde el principio se tropieza uno con este problema.
Entre los países de la OCDE, el número promedio de investigadores como proporción de la población económicamente activa es ocho veces más grande que en México. Por qué? Por una razón sencilla: poca inversión. Entre 1970-1999 invertimos en ciencia, tecnología e innovación un 0.65 por ciento de lo que invirtió Estados Unidos (y si ésa es una comparación injusta, un 31.2 por ciento de lo que invirtió España).
Cuando vemos estas pobrezas y limitaciones, no queda otra que aplaudir las cosas que sí se hacen. Felicidades a FIME y a la UANL por la nueva carrera.
Horacio Salazar
24/05/2007





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