El sentido de lo maravilloso

Ayer, mientras producíamos afanosos las páginas de esta sección, tratábamos de hallar una imagen para ilustrar la nota de que Cassini encontró en una zona polar de Titán un mar de unos 100 mil kilómetros cuadrados, algo más grande que nuestra maltratada Oaxaca.

La fotografía con la que la NASA acompañó la noticia era una sobreposición en la que comparaban una imagen de ese mar en Titán con la superficie del Lago Superior, en la frontera entre Estados Unidos y Canadá.

Era una foto pequeña. Demasiado pequeña para usarla bien. Entonces recorté un fragmento de una foto previa en la que aparecía ese mismo mar, en una imagen de forma irregular. La nueva foto tenía un tamaño apropiado para publicarse.

¿Todo bien? Pues no. La imagen no pasó los filtros de calidad. Se consideró una mala imagen y nos fuimos con una foto de Cassini.

El episodio me puso a pensar cuánto nos ha arruinado la variedad y diversidad de internet nuestro sentido de lo maravilloso. La imagen ciertamente no era el mejor ejemplo de nitidez o detalle, pero hay que considerar las circunstancias.

Cerremos los ojos para pensar un poco. Imaginemos la situación: un aparato de dos toneladas fue lanzado al espacio hace casi diez años (y por tanto lleva a bordo tecnología vieja: de hace casi diez años), recorrió unos mil 400 millones de kilómetros para llegar al minisistema formado por Saturno, sus abundantes anillos y sus cincuentaitantos satélites. Soltó una sonda (Huygens) que se posó en el suelo de Titán, y ha estado sobrevolando Saturno y captando con sus instrumentos imágenes sensacionales de los anillos y los satélites.

Entre sus andanzas, el radar de Cassini capturó imágenes que permitieron reconstruir una larga cinta de la superficie de Titán, una luna que equivale a una vez y media nuestro propio satélite. En el extremo de esa larga imagen aparece una mancha oscura, llena de arrugas en la costa, que revela la presencia de un peculiar mar hecho no de agua sino de hidrocarburos.

No sé a usted qué le parezca. A mí, la idea de que un objeto hecho por el hombre esté recorriendo las lejanías de Saturno para enviarnos con precisión imágenes de mares hechos de combustible es algo que me llena de maravilla. Eran unas fotos feas, pero la maravilla reside en que podamos verlas; son el rostro de otro mundo; son la maravilla de la ciencia.

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