Benedicto, a tus zapatos

Ícaro

El sábado, el papa Benedicto XVI visitó la Pontificia Universidad Lateranense y pronunció un discurso que se antoja repetitivo: que parte de la crisis actual es porque las personas sacrifican el auténtico humanismo en aras de la tecnología.

Dijo que "el contexto contemporáneo parece conceder la primacía a una inteligencia artificial cada vez más sometida a la técnica experimental olvidando que toda ciencia debe salvaguardar al ser humano y promover su propensión hacia el bien auténtico".

Añadió que "sobrevalorar el 'hacer' descuidando el 'ser' no ayuda a recomponer el equilibrio fundamental que todos necesitan para dar a la propia existencia un fundamento sólido y una finalidad válida".

Luego dijo que "dejarse llevar por el gusto del descubrimiento sin salvaguardar el criterio que procede de una visión más profunda nos haría revivir el drama de un mito antiguo: el joven Ícaro, en pos del vuelo hacia la libertad absoluta, se acerca cada vez más al sol, olvidando que sus alas son de cera. Paga con la caída y la muerte el precio de esta ilusión".

Cito sus palabras in extenso para que no se diga que se están usando fuera de contexto. Ahora voy yo.

Veo en las palabras del Pontífice un retroceso respecto a la actitud algo más abierta que tuvo en estos menesteres Juan Pablo II. Creo que esto lo confirmará, cuando se publique, el documento que contendrá las conclusiones vaticanas sobre la evolución.

Pero para concentrarme en las palabras citadas, creo que la definición papal de ciencia difiere de la que comparten muchos científicos. La ciencia aspira a descubrir el funcionamiento de la realidad sensible; por supuesto que debe salvaguardar al hombre, pero no le corresponde empujarlo hacia el bien, y menos hacia un bien definido desde el clero.

En cuanto a la diferencia entre el "hacer" y el "ser", creo que la ortodoxia de Ratzinger evidencia la inmensa inercia de la Iglesia. En cierto modo, esta distinción entre "hacer" y "ser" está detrás del cisma protestante. Para el Papa, la fe parece bastar. ¿Y las obras? Pero no resucitemos discusiones añejas.

Me da la impresión de que en las palabras de Benedicto XVI aún existe la vieja noción de que la única ética válida es la que nace de la religión organizada. No me parece. Y condenar sin más a Ícaro como ejemplo de imprudencia es negarse a verlo como ejemplo del indispensable espíritu exploratorio del hombre.

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