A cada quien lo suyo

El proverbial olmo nos puede dar sombra y madera, y si se le apura un poco, hasta esos frutos no comestibles llamados sámaras. ¿Pero peras? Bueno, peras, lo que se dice peras, no.

Si quisiéramos peras de olmo, tendríamos que esperar sentados, pues a no ser que se le ocurra a un científico irreverente crear un olmo transgénico que produzca las sabrosas frutas, ahí nos quedaríamos momificados hasta las calendas griegas. Dicho de modo más simple: los olmos no dan peras, como no se trate de las de Octavio Paz, y pedírselas es un ejercicio de futilidad.

Lo mismo ha ocurrido, desde hace siglos, con el árbol de la ciencia, esa multiforme disciplina a la que el doctor Luis Eugenio Todd gusta en llamar "musa transformadora". Aquí y acá, desde varias posturas retadoras, no falta quién diga: "la ciencia no puede esto" o "la ciencia no puede esto otro".

Es correcto. La ciencia, musa, actividad, dominio humano, no lo puede todo. Porque tiene sus límites, y estos límites están más bien claros: la ciencia tiene como campo de estudio la naturaleza, y si bien ésta es enorme y abarca desde lo infinitesimalmente pequeño hasta el propio universo, no por ello comprende todos los campos en que nos desenvolvemos nosotros, frágiles pero ambiciosos bultos de carne y sangre llamados seres humanos.

Así en su mensaje semanal de los miércoles, ahora el Papa dijo, supongo que con una mirada por encima del hombro, que aunque la ciencia y la técnica "han mejorado notablemente la condición humana, dejan sin embargo sin solución las demandas más profundas del alma humana".

La admisión es encomiable, aunque innecesaria. Casi hasta el más obtuso reconoce hoy el papel transformador de la ciencia y la tecnología. Pero cuando el conocimiento de ese papel es demasiado parcial o incompleto, se lee en ese papel transformador una amenaza. De ahí el miedo a la ciencia. ¡Huy! ¡Saca el cuento del aprendiz de brujo!

El mundo de lo racional incluso tiene herramientas para tratar parte del desorden de la mente humana: los psicoanalistas reparan males que otro tiempo la Iglesia habría "purificado" a través del fuego.

Pero muchas cuestiones literalmente metafísicas, la consolación para nuestro sentimiento de pequeñez ante el infinito y sobre todo ante la muerte, las preguntas acerca del destino humano y acerca de valores y otras cosas, a veces hallan mejor respuesta en otros espacios.

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