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El hábito no hace al monje

Marcial Maciel

A la Iglesia católica le haría bien, francamente, un poco más de apertura, un poco más de flexibilidad. Se ve mal, a estas alturas, usar las sotanas de escondite para tratar de ocultar barbaridades que por otra parte son del dominio público.

Personalmente, no soy persona conectada a rituales religiosos organizados. Vaya, no profeso una religión. Pero sí una ética que se las averigua bien con quien la pongan, porque ni todos los religiosos son gente buena, ni todos los ateos son unos hijosdesú.

Y lo que me dice mi ética es que es tan irreal esperar la perfección de un sacerdote como de cualquier otra persona. Tan falibles y débiles somos los de a pie como las eminencias económicas, eclesiásticas o iconoclastas.

Todos tenemos, valga el ejemplo bíblico, pies de barro. Por eso ni me creo lo de que la religión es el opio de los pueblos ni lo de que detrás de las sotanas hay la ranciedad de la perfección.

Y por eso entiendo, sin justificarlo ni mucho menos, que a no pocos clérigos se les salga el instinto a costa de la honra ajena.

Lo que no entiendo ni acepto es que luego se quiera tapar el sol con un dedo; a eso siempre se le ha dicho hipocresía o de modos más feos.

Por lo demás, es verdad que entre el clero -como entre el magisterio, o entre la Policía- hay mil ejemplos de vidas verdaderamente ejemplares, pues entre los sacerdotes hay mucha, mucha gente de gran valor.

Aquí mismo, en MILENIO Diario, tenemos la fortuna de contar con las plumas de dos sacerdotes inteligentes: Alejandro Cortés es uno de ellos, mesurado, prudente, fino; el otro es el padre Paco, activo y revoltosillo, ambos bien metidos con sus parroquias pero con un ojo bien puesto en las realidades de la vida.

Y para no ir más lejos, este miércoles por la noche, en Monterrey, se presentó un libro que compendia la vida de otro sacerdote singular. El padre Aureliano Tapia Méndez para mí está asociado siempre a la célebre Carta de Monterrey (que alguien me prestó un día para leerla), pues el susodicho tiene, bajo la sotana y a veces encima de ella, una cachucha de historiador de primer nivel, y es uno de los mejores conocedores de esa gloria mexicana llamada Sor Juana Inés de la Cruz.

Sí, creo que el padre Maciel hizo cosas malas, como sin duda también muchas buenas. Y con ello perdimos todos, no sólo las víctimas directas sino todos, como personas o como arrieros que en el camino andamos. Ni hablar.

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