La verdadera racionalidad

Benedicto XVI

El cable decía que para el papa Benedicto XVI conjugar la fe y la ciencia es "una aventura entusiasmante". "Ah, caray -me dije-: esto suena bien". Pero seguí leyendo y la cosa cambió.

Mi entusiasmo, hijo de un optimismo irrefrenable, se diluyó al comprender que el Papa no hablaba de la ciencia como la entienden los científicos, sino como la entiende él. La ciencia de la que él habla debe hacerse "en el horizonte de una verdadera racionalidad, diferente de la actualmente dominante y según una razón abierta a lo trascendente, a Dios".

Si leo correctamente, lo primero que dice Joseph Ratzinger es que hay una ciencia basada en una racionalidad falsa; dicha ciencia es la dominante (palabra reveladora de cómo la concibe el Papa) y, horror de horrores, no está abierta a Dios.

Para el Pontífice, la ciencia que se practica fuera de la religión no es racional.

¿Cómo argumenta Benedicto XVI? Dice que la ciencia pretende demostrar todo por la vía experimental, y que deja fuera de la discusión temas esenciales como vivir y morir.

Con esto, dice, queda al margen la cuestión de la verdad y del bien "para ser sustituida por la cuestión de la factibilidad".

Con toda franqueza, creo que en este asunto el Papa está equivocado. Porque le está pidiendo a la ciencia que responda a cuestiones que no son de su competencia.

Veamos. De su argumento infiero que los científicos son unos necios que quieren reducirlo todo a experimentos. A esto comento que cuando es posible diseñar experimentos, se ejecutan no por necedad, sino porque es el modo de averiguar qué cosas son constantes y qué cosas no lo son. ¿De qué otra manera podríamos saberlo? Ah, claro: por la fe.

Pero además el juicio papal deja de lado a las disciplinas que no realizan experimentos, como la cosmología o la historia. Y en todo caso, la ciencia no quiere reducir todo a un experimento; cuando es posible experimentar, lo hace para buscar regularidades externas a la subjetividad personal, para proteger al conocimiento del sesgo individual.

¿La ciencia quiere ignorar cuestiones fundamentales como el vivir y el morir? Claro que no. Para la ciencia, la vida y su término, que es la muerte, se cuentan entre los misterios más grandes y profundos, misterios tan complejos que se acerca a ellos con sumo cuidado, con todo respeto y con un sano escepticismo.

¿La ciencia deja al margen la cuestión de la verdad y el bien para limitarse a lo factible? Desde luego la ciencia no estudia metafísica. Las grandes preguntas eternas, como la trascendencia, el sentido de la vida, la responsabilidad humana, lo ético, no son cuestiones científicas.

Toca a la ciencia ayudarnos a comprender lo comprensible, y por eso dijo Medawar que la ciencia es el arte de lo soluble. Cuando leo axiomas como los formulados por el Papa este viernes en el Policlínico Gemelli, me consuela pensar que otros creyentes, como Chet Raymo, profesor de física y astronomía en el Stonehill College, tienen una visión más coherente de cómo fe y ciencia pueden coexistir.

En su recomendable libro Escépticos y creyentes, Raymo dice que la ciencia es un recipiente muy poco profundo "como para contener misterios fundamentales", pero a la vez la enseñanza religiosa actual parece inadecuada "para abarcar la grandeza y el misterio" aprehensibles a través del ojo científico.

Fe y ciencia se pueden conjugar, e incluso me atrevería a decir que se deben conjugar, pero el punto de partida no puede ser una petición de principio, sino un respeto auténtico.

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