Crecer o doblar las manitas

Derbez

En enero de 2004, mandatarios de todo el continente se reunieron en Monterrey en la "Cumbre Extraordinaria de las Américas" de la que nació la Declaración de Nuevo León. El documento reconoce que "la investigación y el desarrollo científico y tecnológico juegan un papel importante en la creación y el sostenimiento de economías productivas", y por reconocer esto, agrega que "continuaremos incrementando las inversiones en el área de ciencia y tecnología". Ya.

Esta afirmación tan contraria a los hechos (para su año de cierre, el presidente Fox pidió 0.33% del PIB para ciencia y tecnología, había prometido cerrar con 1.0%: avanzamos para atrás) saltó a mi mente después de leer un artículo que publicó Andrés Oppenheimer en El Nuevo Herald bajo el título "El desafío tecnológico para Latinoamérica".

El periodista, obviamente bien informado, dice que en las reuniones que tuvieron en la OEA los coordinadores de 34 países para la IV Cumbre de las Américas, los diplomáticos llegaron a un acuerdo clave: recomendar que en la reunión se declare a la ciencia, tecnología, ingeniería e innovación como "el impulso principal" del desarrollo económico en la región. Agrega que algunos funcionarios dijeron que en esa cumbre se acordarán "formas concretas para aumentar la capacidad de investigación de la región".

Estas son buenas noticias para el sector, tan necesitado de algunas palmaditas realistas y sobre todo a la luz de las cifras que cita luego Oppenheimer, como muestra del rezago a remontar: de cada peso que el mundo destina a investigación y desarrollo, 42 centavos se van a Estados Unidos y Canadá, 28 centavos se van a Europa, 27 centavos se van a los países de Asia, y un flamante centavo se invierte en América Latina.

Las inversiones nacionales en el renglón dan pena: en un extremo están Israel (5% del PIB), Japón (más del 3%), Estados Unidos (casi 3%), Corea del Sur (2.5%), y en el otro están Colombia, Ecuador y Perú con un triste 0.1 por ciento.

El periodista usa datos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, que ubica la inversión de México en 0.4% del PIB. Pues ni eso. En 2003, agrega Oppenheimer, las multinacionales invertían 30 mil millones de dólares en plantas de investigación y desarrollo en países emergentes; en el 2003 la cifra era de 67 mil millones. Pero la mayor parte de este capital se fue al este de Asia, al este de Europa, a la India, pues por estas latitudes hemos sido evidentemente incapaces de atraer fondos privados para investigación.

Con justeza, el columnista sugiere que los mandatarios que irán a Buenos Aires deberían tratar de ver si encuentran mecanismos para atraer inversiones en investigación. Mi cuchara en esta sugerencia por demás apropiada es que esos mecanismos deberían implicar futuro de largo plazo y no doblar las manitas ante la necesidad.

Y digo esto a propósito de las palabras que pronunció el pasado septiembre nuestro canciller Luis Ernesto Derbez en la Universidad de Columbia. Como México no puede competir con China en bienes manufacturados, lo que debería hacer es convertirse en estación de tránsito para los bienes que China le vende a Estados Unidos. "Construyamos nuestros puertos y tengamos todo listo para poder transferir y llevar la mercancía a Estados Unidos. Si podemos ser tan eficientes como Singapur, tendremos un tremendo crecimiento en el número de empleos", dijo Derbez. Ah, bueno.

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