Periodismo científico: el fin de la infancia

Morelia

Terminó este viernes en Morelia, Michoacán, un sabroso jolgorio: durante siete días se congregaron en un salón de convenciones alrededor de 400 bulliciosos agentes de cambio llegados desde ocho países e identificados colectivamente como "divulgadores científicos".

El jolgorio lo representó el XIV Congreso Nacional de Divulgación de la Ciencia y la Técnica, que se celebró junto con el III Taller Latinoamericano: Comunicación, Ciencia y Sociedad.

En conjunto, en nueve paneles y 30 mesas de trabajo los divulgadores alegaron, platicaron, discutieron, gritaron (un poco) y en general dieron rienda suelta a la parte gregaria de su espíritu para reflexionar sobre su trabajo.

Resumir aquí lo que se discutió sería como querer agarrar al viento en las manos. Aquello fue un vendaval de ideas, críticas, reflexiones y discusiones que se dio en un ambiente de buen ánimo, en verdad con espíritu constructivo.

Martín Bonfil me invitó a participar en una mesa sobre el periodismo científico en México, de modo que disfruté una semana de entusiasmo contagioso. Curiosamente, me dijo que en su experiencia, muchos que asisten por primera vez al congreso -como era mi caso- parecen no disfrutarlo tanto.

Quizás alguien suspicaz pudiera pensar que mi entusiasmo se debió al célebre charanda, pero confieso que mi garganta sigue sin conocer su sabor.

¿Qué se vio en el congreso? Las discusiones versaron acerca de lo que se necesita para, ahora sí, dejar atrás la adolescencia de la práctica para insertarse en la sociedad con plena madurez. Se abogó por buscar juntos los mecanismos para profesionalizar a los periodistas y para encontrarles trabajos de respeto.

En las discusiones participaron sobre todo científicos en activo a quienes les gusta escribir para públicos generales, y hubo pocos periodistas especializados, pero detrás de la terminología un poco distinta, todo parece indicar que hay una interesante comunidad de propósito.

Empieza a notarse la presencia de ponencias de corte académico, se compartieron experiencias didácticas, se exploraron géneros no tan usuales como el comic y los carteles de parabuses como mecanismos de comunicación y se discutieron los problemas que tienen los museos de ciencia para ayudar a que los visitantes construyan una experiencia memorable.

En un gremio que antes se mantuvo al margen de otras instancias de la sociedad, resultó interesante que se discutieran las relaciones con los políticos y la necesidad de aprender a vender el valor social del trabajo del periodista científico.

Se tocó el tema de la oferta educativa de posgrado, los valores de las publicaciones de divulgación y, por supuesto, qué nos espera en los tiempos que se avecinan. Hubo algunos temas inmaduros, dos o tres que hicieron a los circunstantes practicar el arte de eludir a Morfeo, dos o tres participaciones francamente panfletarias y uno que otro comercial ideológico, pero en sustancia todo aquello fue una experiencia de lo más positivo.

Entre lo valioso del encuentro estuvo la posibilidad de crear nuevos lazos donde no los había, de renovar los que ya existían y de resucitar los rincones desinflados del ánimo sabiendo que, en otras partes del planeta, muchos se afanan en tareas similares a la de uno. No cabe duda: en México, el periodismo científico está dejando atrás la infancia.

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