Dormir, soñar, tal vez morir

dormilón

Qué duda cabe: me estoy haciendo viejo. Es inevitable conforme pasan los años, pero siempre se rebela uno. Tal fue mi conclusión resignada hace días, cuando un episodio de insomnio me recordó de pronto la idea de la mortalidad. ¿Y si me duermo y ya no despierto? Aunque llegará el día en que esto ocurra, la idea me llenó de terror. Pero el cansancio ganó la batalla y al poco rato roncaba como si no tuviera deudas. Al otro día, la luz del sol y los afanes cotidianos me hicieron olvidar ese miedo que regresa de vez en cuando a fatigar mis madrugadas.

¿Qué pasa cuando uno duerme? Parte del cuerpo sigue funcionando: nuestro corazón jamás descansa. Desde antes de que veamos la primera luz, un pequeño grupo de células define su función, se organiza, empieza a latir, y luego sigue haciéndolo por décadas, infatigable, maravillosamente coordinado. ¿Y nuestro cerebro? ¿Qué ocurre con él cuando dormimos?

Marvin Minsky escribió un provocativo texto en el que asegura que la mente es lo que hace el cerebro. Además de asestar un buen estacazo a las ideas sobre el dualismo, esta declaración tiene el buen tino de provocar más preguntas. Durante el sueño profundo, no tenemos activa la percepción del yo, nuestra identidad está disuelta; podríamos decir que no tenemos mente. ¿Significa esto que el cerebro se toma un descanso para disfrutar algunas horas de inactividad?

Parece que no. Al igual que nuestro corazón, el cerebro es un órgano que no sabe de descansos ni de días libres ni mucho menos de "puentes". Trabaja siempre, llueva, truene o relampaguee. ¿Y la mente? Si el cerebro está trabajando, ¿qué cuernos produce durante esos periodos de sueño profundo, al que los técnicos llaman sueño no-REM, porque durante el mismo no movemos los ojos?

Un equipo de investigadores de la Universidad de Wisconsin en Madison, al mando del psiquiatra Giulio Tononi, estudió lo que ocurre en el cerebro durmiente. En pocas palabras, Tononi encontró que el sueño profundo disuelve la integración que forma nuestro yo: en esas horas de la madrugada, cambia delicadamente el balance de sustancias llamadas neuromoduladores; el desequilibrio no desconecta al cerebro, pero sí logra que se rompa el contacto entre las zonas de la corteza cerebral a cargo de funciones cruciales: percepción, pensamiento, acción. Estamos conscientes y de pronto ¡zas! Un umbral se cruza y nuestro maravilloso cerebro queda fragmentado "en pequeñas islas incapaces de comunicarse unas con otras".

Qué interesante. El estudio de Tononi y su equipo nos dice algo que sabemos intuitivamente: que estamos hechos de complicados sistemas que dialogan continuamente entre sí. La vida es un delicado equilibrio entre esos sistemas de nuestro cuerpo, y este equilibrio se altera mediante sutiles mecanismos químicos: baja la concentración de un neurotransmisor, y de pronto el cambio cuantitativo se convierte en un cambio cualitativo: perdemos la conciencia.

Sin embargo, durante ese lapso en el que nuestra mente no está integrada, las regiones de nuestra corteza cerebral siguen trabajando, discretas, aunque incapaces de conectarse entre sí. Se traspone otro umbral, y despertamos. Ah, nuestra mente es un delicado estado de integración plena en el que las capacidades asociadas a distintas áreas corticales trabajan al unísono. Esto es tan maravilloso como la idea de un creador, pero más, porque aunque contiene un misterio, nos permite acercarnos a él y descubrirlo paso a paso.

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