Cómo los bebés curan a sus madres
Sin saberlo, toda mamá transporta en su sangre células inmaduras que le regala su hijo no nacido. Estas células son una maravilla, pues viajando en el torrente sanguíneo son capaces de atravesar una muralla biológica, entrar en el cerebro de su mamá y ahí ayudar a reparar daños o lesiones
Las mamás tienen fama de estar siempre al pendiente de sus hijos: al parecer no se los pueden quitar de la cabeza. Y esto, que suena como una figura retórica, es cierto en sentido literal. Un equipo de científicos de Singapur dedicó cuatro años a investigar sobre el tema, y descubrió algo singular y potencialmente revolucionario. Usando ratones, los científicos hallaron que células madre provenientes del minúsculo ratoncillo que se estaba formando en el vientre de mamá ratona, cruzaron la placenta, entraron en el torrente sanguíneo, viajaron hasta la cabeza y cruzaron una muralla casi inexpugnable para introducirse en el cerebro de la madre, donde al parecer se dedicaron a realizar labores de reparación celular.
Si este hallazgo es confirmado y si resulta ser cierto también para seres humanos, podría apuntar hacia una estrategia para tratar en el futuro embolias o enfermedades degenerativas del sistema nervioso como el mal de Alzheimer o el mal de Parkinson. En otras palabras, dentro de algunos años podríamos decir directamente que un bebé es también un regalo de vida para su mamá.
Todos somos unos monstruos
Esta historia de esperanzas empieza a partir de un hecho que los científicos constataron hace apenas unos diez años. Descubrieron que, durante el embarazo, la madre y el huésped alojado en el útero tienen más conexiones de las que se pensaba. Aunque la sangre de la mamá y la del feto tienen cada una su propio circuito, el proceso está lleno de polizones: células de la madre cruzan las barreras y se hacen presentes en la sangre del hijo; células del hijo hacen lo mismo y entran en la sangre de la madre. Hasta un 90 por ciento de las mamás portan en su sangre células de su hijo durante el embarazo, y tal vez más de la mitad de todas las mamás llevarán por décadas esas células en su sangre.
En el mundo científico se llama quimera a un organismo que posee partes de otro organismo. La mamá ratona con células de su bebé en la sangre es una quimera, y como se trata de presencias realmente pequeñas (algunas pruebas hablan de 50 células ajenas por cada millón de células propias), el fenómeno es de escala micro. De ahí nació la palabra microquimerismo para aludir al fenómeno. Y el fenómeno parece tan común que bien podría decirse que todos los seres humanos llevamos en la sangre células ajenas: todos somos, en algún sentido, pequeñas quimeras, pequeños monstruos.
Esto tiene su lado malo y su lado bueno. En particular, en la última década se ha determinado que las mamás conservan en su sangre y sus tejidos células de sus hijos. Se han detectado estas células en tejidos como los del bazo, el hígado y la piel.
Lo importante del caso es que las células que emigran del bebé en formación a la mamá no son células maduras, diferenciadas, que hayan "decidido" ya su vocación final: se trata de las llamadas células madre, a las que podríamos considerar como células "bebé" que todavía no deciden en qué se convertirán y tienen el potencial de convertirse en cualquier tipo de célula del cuerpo. Las células se llaman células madre embrionarias (CME), su capacidad se llama pluripotencia, y esta capacidad de las CME es un auténtico tesoro para los médicos, ya que estas células pueden convertirse en células del corazón, del hígado, de la sangre, de un músculo o del cerebro.
Una confirmación y dos novedades
El equipo de Singapur fue encabezado por Gavin Dawe (del Departamento de Farmacología de la Escuela de Medicina Yong Loo Lin, la cual forma parte de la Universidad Nacional de Singapur) y por Xiao Zhi Cheng (del Departamento de Investigación Clínica del Hospital General de Singapur, y del Instituto de Biología Molecular y Celular). Durante meses, los científicos aparearon ratones cuidadosamente seleccionados para estudiar lo que ocurría durante los embarazos ratoniles, y llegaron a tres conclusiones importantes.
La primera es que en efecto células madre embrionarias procedentes de los fetos se detectaron en la sangre de las mamás ratonas. Esto simplemente confirmó el saber acumulado de la última década. Pero las otras dos conclusiones fueron una auténtica novedad.
Por un lado, quedó claro que las CME, viajando como polizones en la sangre de las ratonas, fueron capaces de traspasar la llamada barrera hematoencefálica. Esta última es una especie de filtro formado por células que recubren los vasos capilares del cerebro; las células están unidas tan estrechamente que forjan una muralla física. Gracias a esto, muchas sustancias que viajan en la sangre no pueden atravesar las paredes capilares y entrar en el delicado tejido cerebral. Pero en este caso, células madre embrionarias cruzaron sin problemas la barrera. ¿Cómo? Esta es una de las dudas que los científicos quieren resolver, pero por lo pronto se demostró la capacidad de atravesar la muralla.
"Este es el primer estudio que demuestra de manera concluyente que las células fetales cruzan la barrera hematoencefálica", admite Diana Bianchi, una autoridad mundial en microquimerismo en la Escuela de Medicina de la Universidad Tufts, en Boston, Massachusetts.
Las células del bebé ratón no sólo atraviesan la barrera sino que, una vez en el cerebro, parecen capaces de diferenciarse (es decir, desarrollarse) hasta quedar convertidas en células neuronales. Las células "bebé" enviadas a su madre por el feto en desarrollo maduran y se convierten en células "adultas" de un tipo particular: algunas se convierten en neuronas, las células cerebrales por excelencia, encargadas de la transmisión de señales dentro del cerebro; otras se convierten en astrocitos, que son como el equipo de soporte de las neuronas; otras más se transforman en oligodendrocitos, que recubren y protegen a las células nerviosas. Las células fetales, dice Dawe, "pueden convertirse en casi todos los tipos importantes de células que hay en el cerebro".
¿Funcionan correctamente estas flamantes células adultas que la madre debe a su pequeño? Los científicos saben que parecen células funcionales, pero todavía no consiguen demostrarlo. "Tenemos que averiguar, por ejemplo, si las células fetales que expresan características de las células neuronales pueden en los hechos disparar potenciales de acción y conectarse vía sinapsis con células nativas en el cerebro de la mamá", agrega Dawe.
Pero indicios preliminares apuntan a que sí hay una función, y que se trata de una función positiva para la mamá. Porque resulta que, ya dentro del cerebro, las CME no se distribuyen al azar. Para corroborarlo, los investigadores indujeron en los cerebros de algunas ratonas lesiones similares a las que causan las embolias; cuando hicieron esto, vieron que las células fetales se concentraron seis veces más en las zonas dañadas. Al parecer, los tejidos lesionados producen factores de señalización, algo así como "señales de humo" químicas que atraen a las células fetales. Según parece, cuando ya están en la zona dañada es cuando las células se diferencian y se convierten en células "adultas" nuevas, refacciones celulares para remediar los daños en el cerebro materno. El efecto neto de esta larga jornada es que células del feto actúan a favor de la salud de la mamá -algo que, por supuesto, tiene sentido evolutivo: si la madre está sana, hay mejores probabilidades de que el feto se desarrolle hasta nacer.
El camino a recorrer
Lo primero que quieren hacer los científicos de Singapur es averiguar qué distingue a las células fetales que entran al cerebro de las que no entran. Sospechan que hay moléculas particulares en sus membranas, y si logran averiguar de qué moléculas se trata, habrán dado un importante paso adelante, porque así podrán pensar en trasladar sus hallazgos a la esfera humana. Digamos que descubren una "bandera" molecular. Si examinan células madre humanas y encuentran que algunas de ellas tienen una "bandera" similar, podrán tratar de ver si esas células cruzan la barrera hematoencefálica en seres humanos.
El reporte sobre la noticia publicado por New Scientist señala que "una gran ventaja potencial de usar células fetales como tratamiento es que podrían ser sencillamente inyectadas en el torrente sanguíneo para que busquen su propio camino hacia el cerebro. Esto haría posible tratar enfermedades que tienen lesiones distribuidas, como el mal de Alzheimer".
Hasta el momento, la única terapia que los médicos han probado a nivel cerebral, para tratar zonas lesionadas o dañadas, consiste en inyectar células traspasando el cráneo del paciente, un procedimiento que difícilmente se puede considerar como inofensivo o inocuo. Pero ha funcionado: los pacientes con mal de Parkinson se caracterizan por una incapacidad para producir un neurotransmisor llamado dopamina. Cuando se han inyectado en los cerebros de estos pacientes células productoras de dopamina, se han registrado mejorías notables. Pero el riesgo es grande: cualquier médico preferirá un método que involucre inyectar algo en la sangre sobre algo que signifique taladrar la cabeza.
Hasta antes del reporte de los científicos de Singapur, las terapias consideradas implicaban cultivar células madre in vitro, para después inyectar dichas células en el cerebro, un procedimiento francamente riesgoso. Ahora tal vez puedan empezar a explorar terapias que no requieran manejo de células madre fuera del organismo.
Pero si las posibilidades son inmensas, también son muchos los desafíos que deberán enfrentarse antes de que este reporte sorprendente se traduzca en beneficios concretos para pacientes concretos. Por ejemplo, dijo Jakub Tolar, especialista en microquimeras de la Universidad de Minnesota en Minneapolis, todavía hay que averiguar cuánto tiempo sobreviven las nuevas células en el cerebro, y también hay que investigar si se logran integrar funcionalmente con las células que ya existían.
¿Cuándo habrá resultados? Nadie lo sabe. Dawe y Xiao dicen que puede ser desde cinco hasta 20 años. No importa: el cerebro es nuestra posesión más preciada y es mejor estar seguros antes de empezar a meterle mano. Pero de entrada lo que los científicos lograrán en ese futuro indefinido será simplemente copiar algo que ya hace la naturaleza: ofrecer, en la maravilla de un embarazo, un sofisticado procedimiento mediante el cual el bebé hace su parte por tener una mamá sana.
Horacio Salazar
07/09/2005




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