Aprendiendo de una lagartija

Un alarido me llevó corriendo a la siguiente habitación: ¿había pasado algo malo? Difícilmente. Una diminuta lagartija de ojos negros, casi transparente, había provocado una ágil migración de damas hacia otro cuarto. El pequeño reptil no les había hecho nada; se limitó a hacer acto de presencia.
Si las damas en cuestión hubieran pensado un poco, en vez de asustarse debieron haberse azorado ante la maravilla que representa la capacidad de los geckos (o salamanquesas) para deambular tranquilamente por los muros o los techos de una casa: ni más ni menos que como el Hombre Araña.
Desde hace años se sabe que esta capacidad se debe a la constitución de sus patas. Las simpáticas lagartijas tienen cinco dedos por pata, y en cada dedo tienen lo que en apariencia es una almohadilla, pero que en realidad es una nutridísima red formada por hasta dos millones de pelitos delgadísimos y elásticos. Estos pelitos, a su vez, tienen en su extremo algo así como una escobilla de estructuras todavía más pequeñas llamadas espátulas. Cada finísimo pelito tiene de 100 a mil espátulas, de modo que en cada pata del reptil puede haber hasta dos mil millones de espátulas.
A este nivel, estamos en una escala verdaderamente microscópica. Los geckos trepan sin complejos por los muros gracias a finas fuerzas moleculares entre la superficie por la que caminan y las cargas eléctricas que hay en la punta de sus espátulas (fuerzas de Van der Waals). Los nanotecnólogos dicen que la fuerza de atracción es tal que en teoría cada pata podría sostener más de 100 kilos.
Entendido esto, era cuestión de tiempo para que a los científicos se les ocurrieran medios para imitar a la naturaleza (y, por supuesto, mejorarla, pues según hemos aprendido de los japoneses, no tiene caso copiar algo si en el proceso no lo mejoramos). Ali Dhinojwala, experto en polímeros de la Universidad de Akron, en Ohio, usó técnicas comunes para crear nanotubos de carbono, es decir, microscópicas mangueritas de carbono que, por su tamaño diminuto y la geometría de su construcción, funcionan como patas de gecko artificiales.
La mejoría está en la fuerza de adhesión: las almohadillas sintéticas hechas a base de nanotubos de carbono se adhieren a una superficie con una intensidad 200 veces superior a la de los pequeños reptiles, según el reporte que se publicó hace días en Chemical Communications.
El trabajo apenas empieza. ¿Por qué? Porque la maravilla de los geckos es que así como pueden adherirse a un techo, con la misma facilidad se pueden desprender cuando se les antoje. El experto en polímeros dice que si desde hace décadas tenemos adhesivos como los empleados en los Post-It!, y si ahora tenemos los nanoadhesivos hechos copiando el mecanismo de los geckos, nos falta "diseñar un adhesivo que pueda proporcionar una adhesión fuerte... pero que al mismo tiempo tenga la capacidad de desprenderse de la superficie con facilidad".
Los científicos sospechan que esta capacidad para adherirse y despegarse con facilidad quizá pudiera deberse a la geometría terminal de las espátulas, es decir, a la forma en que terminan. Seguramente no pasará mucho tiempo antes de que puedan copiarse el diseño natural, y esto nos permitirá tener adhesivos secos, muy flexibles, para utilizarlos en microelectrónica, computación, robots, aplicaciones espaciales y mil cosas más. Todo gracias a las lecciones de una humilde lagartija.
Periodismo Científico
20/08/2005




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