Nuestras taras son culturales

Gerardo Jiménez

Buenas nuevas llegaron desde el Instituto Mexicano de Medicina Genómica, el Inmegen. Una excelente labor de ventas por parte de su director, Gerardo Jiménez Sánchez, logró que se le inyectaran 2.5 millones de dólares para adquirir secuenciadores y otros equipos que permitirán a México meterse a fuerza en el proyecto HapMap. El dichoso mapa de haplotipos es un catálogo de las variantes genéticas comunes de la humanidad. Es un modo astuto de perfilar la composición genética de una población.

¿Cómo funciona? Como recordatorio, cada una de nuestras células somáticas (no sexuales) tiene, en su núcleo, 23 pares de cromosomas, que no son otra cosa que un arreglo condensado de nuestro material genético: tenemos ahí adentro 6 mil millones de letras que conforman el libro de nuestra vida. Los tramos de ese libro se llaman genes, y el orden de esas letras indica a la maquinaria celular cómo fabricar las proteínas que son la base bioquímica de la vida.

Como especie, los humanos somos muuuy consistentes. Si se compara toda la secuencia genética de dos personas, las letras son exactamente iguales en tramos de centenares de letras de largo. En promedio, cada mil 200 letras aparecerá alguna diferencia: una persona tendrá una letra A (adenina), por decir, mientras que otra tendrá una G (guanina).

Las diferencias más comunes son así: un simple cambio en una letra a la que por comodidad se llama snip, de las siglas SNP que significan poliformismo de un solo nucleótido. En el genoma humano hay alrededor de 10 millones de snips; es decir, entre seis mil millones de letras, sólo hallamos diferencias en 10 millones: ¡eso es consistencia!

Lo anterior significa, por supuesto, que debajo del color de la piel y de otras divergencias de forma, todos los humanos somos muy parecidos. Diferimos en sólo unas cuantas letras, y esas diferencias dan cuenta de nuestra variabilidad. En el proyecto HapMap se están determinando las variaciones y similitudes entre tres grandes grupos poblacionales: africanos, asiáticos y caucásicos. No aparecen ahí los grupos mestizos que abundamos en América Latina, y por eso el proyecto del Inmegen es clave, porque permitirá comparar los mapas de seis grupos poblacionales mexicanos, mestizos, contra esos grandes grupos globales.

A la larga, esos mapas podrán permitir a los expertos identificar en qué parte del genoma se localizan propensiones a enfermedades más comunes en México que en otras latitudes, aunque para ello faltan algunos años.

¿A santo de qué comento lo anterior? Bien, casi me atrevería a apostar que cuando estén listos nuestros mapas, confirmaremos que compartimos con el resto de la humanidad ese más de 99.9 por ciento de material genético. Y muchas de las variaciones, de los snips, también serán similares a los de otras poblaciones.

Hay un viejo y cruel chiste que dice que para tener un México próspero, todo lo que se necesita es sacar los 100 millones de mexicanos y traer 100 millones de chinos o japoneses o indios. Creo que los mapas del Inmegen nos ayudarán a ver con toda claridad que nuestro problema no está en los genes. Nuestras taras, nuestro atraso, nuestros complejos, no se deben a algún problema en nuestra constitución genética: son problemas culturales, hábitos de pensamiento, costumbres absurdas que podemos y debemos cambiar para construirnos un futuro más decente.

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