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Con "F" de fracaso (y de flunked)

Los mexicanos, pese a nuestro cacareadísimo ingenio, conocemos bien el sabor del fracaso. Tenemos grabada en nuestro código genético aquella frase que aplicamos, un año sí y otro también, a nuestros equipos de futbol: "jugaron como nunca... y perdieron como siempre". Absortos en la grilla, en el "ora hasta el lunes", en la vacuidad de los reality shows, le hacemos una verónica ("¡olé!") a la responsabilidad, como si ser mediocres fuera una condena, como si no hubiera modo de sacar nuestro vacuno bulto de la barranca.

La prueba está en la encuesta que la Academia Mexicana de Ciencias aplicó a lo mejor de nuestros científicos. Casi cuatro de cada diez investigadores respondieron a varias preguntas, y el resultado nos reitera el mensaje: fracaso. Ahora fracasó la política pública en ciencia y tecnología. Los científicos le pusieron al Conacyt una calificación de 5.49, probablemente merecida, y los más aguerridos, veteranos y encallecidos investigadores fueron aún más duros: le dieron 4.94 puntos.

El diagnóstico tiene propósitos sanos. Bien sabemos que para poder avanzar, primero tenemos que saber dónde estamos. Ahora sabemos que estamos de pie, junto con buena parte del país, en el fracaso. Ah, caray. ¿Y ahora qué? ¿Hacia dónde nos movemos? ¿Qué hacemos? Ahí está la parte triste. La encuesta revela que según los científicos, a la pobreza ancestral de la ciencia mexicana debemos sumar la pobreza nueva de la falta de rumbo o, mejor, del rumbo equivocado. La ciencia no tiene dinero, y lo poco que llega a tener está mal repartido, dicen.

Con franqueza, los juicios de los encuestados acerca del Conacyt y sus políticas y acciones pueden ser correctos, pero eso no implica, per se, que las políticas y acciones imaginadas por los científicos tengan mejor probabilidad de éxito. La encuesta dice que estamos frente a un nuevo fracaso, de otra naturaleza: un fracaso de comunicación. No hemos podido establecer el diálogo apropiado entre la ciencia (el arte de lo soluble, según Peter Medawar) y la política (el arte de lo posible, según Otto von Bismarck), y el resultado es un juego en el que cada sector dice maravillas del otro al mismo tiempo que lo ignora, otra vez una receta segura para fracasar.

La encuesta de la AMC revela que el Conacyt no ha podido definir una política pública de ciencia y tecnología en la que puedan creer los escépticos científicos mexicanos. Pero la burra no era arisca; son escépticos por salud mental y porque cada sexenio oyen la misma cháchara. ¿Qué pensar de un gobierno que define como su prioridad elevar el presupuesto de ciencia y tecnología del 0.48% del PIB al 1.0% y que logra... bajarlo al 0.36%? Pero la encuesta revela también el fracaso de los científicos en comunicar por qué sus propuestas son mejores que otras; no han sido capaces de persuadir a su interlocutor de que ellos mismos son sensatos.

Lo más triste de todo es que, aunque suene a optimismo de manual de auto ayuda, los hechos dicen que sí se puede. Hace 35 años, México tenía más o menos el mismo ingreso per cápita y el mismo nivel de competitividad que Corea, España y Brasil. De entonces a la fecha, Corea multiplicó su inversión en ciencia y tecnología por 9.6; España, por 6.5; Brasil, por 5. ¿Y México? Por dos. Ahí están los resultados, en nuestro ingreso y nuestra competitividad. Los otros tres países sí pueden. ¿Y México? He ahí la cuestión.

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