Turismo para fecundación in vitro

Madre e hijo

Federica Casadei está cansada. Lleva cinco intentos de tener familia y, como los médicos le han dicho que es estéril, ha tenido que recurrir a terapias de fecundación asistida. En cada caso, le han suministrado hormonas, luego le han hecho pequeñas pero dolorosas y extenuantes operaciones para extraer cuidadosamente sus óvulos, para tratar de fertilizarlos en un laboratorio. Cada intento le ha costado de 2 mil 500 a 5 mil 500 dólares, y como la ley sólo permite usar tres óvulos a la vez, y a pesar de su robustez la fecundación no se logra fácilmente, ha sido necesario repetir y repetir y repetir el proceso. Federica, que preside la asociación Cerco un bimbo ("Busco un niño"), ya tomó una decisión. "En caso de fallar este sexto intento, nos iremos al extranjero". No emigrará definitivamente, sólo visitará alguna clínica ubicada en un país con legislación más flexible, y aunque pagará algo así como el triple por cada intento, sabe que tendrá mejores oportunidades de
lograrlo.

Natalie Parker, inglesa de 41 años que vive en el norte de Londres, está en su séptimo mes de embarazo. Pero el bebé que pronto saldrá de su vientre no fue concebido a la manera tradicional: en el segundo semestre del año pasado, un recipiente con esperma congelado de su esposo viajó en avión hasta la clínica Globalart, en Rumania. Ahí los técnicos descongelaron el semen y lo emplearon para fertilizar un óvulo donado por una mujer local. En octubre Natalie, que había esperado en vano tres años para encontrar una donante en Inglaterra, hizo un viaje hasta la clínica rumana para que el embrión le fuera implantado en su útero.

Las familias de Federica y Natalie no se conocen, pero comparten algo cada vez más común. Empujadas por la necesidad y por las limitaciones legales de sus países, emprendieron viajes clínicos que las convirtieron en integrantes del aún pequeño pero cada vez más concurrido club de los turistas procreativos, turistas que, como indica su nombre, no viajan al extranjero en busca de ocio, descanso y diversión, sino para buscar un alivio a su frustración, para mejorar sus posibilidades de tener un hijo sano eludiendo las restricciones legales de su patria.

El turismo procreativo, también llamado turismo reproductivo o turismo de fertilidad, es una tendencia cada vez más extendida en aquellos países en los que las leyes empiezan a restringir las opciones de las parejas con problemas de fertilidad, países que, como Italia y Gran Bretaña, tienen ahora legislación que en nombre de la protección para los embriones, en los hechos está empujando a miles de parejas hacia otros países, mecas de la fertilidad en donde abundan las clínicas bien equipadas y en donde, a cambio de jugosas sumas de dinero, tal vez consigan lo que en su país les está negado.

Los pasados días 12 y 13 de junio, los 50.2 millones de italianos con derecho a voto tuvieron la oportunidad de poner coto al turismo procreativo que nace en su país, pero la apatía y las ardientes arengas del clero católico tuvieron su efecto: apenas un 26 por ciento de los votantes fueron a las urnas, y aunque los votos dijeron claramente que deseaban una ley sobre reproducción asistida más moderada, no se logró la masa crítica requerida (la mitad de los votantes más uno), de modo que Italia conservó, entre el aplauso de los sacerdotes, la que todos consideran la ley más extremista de Europa en materia de fecundación asistida, la célebre Ley 40.

La ley 40

Aprobada el 19 de febrero de 2004, esta legislación supuestamente busca "favorecer la solución de los problemas reproductivos ocasionados por la esterilidad o por la infertilidad humana". ¿Cómo busca lograrlo? El documento de 18 artículos que se discutió por espacio de tres años, define en su artículo 5 quiénes pueden acceder a técnicas de fecundación asistida por médicos: "Parejas de mayores de edad de diferente sexo, conyugadas o convivientes, en edad potencialmente fértil, ambos vivientes".

Como ocurre en muchos casos, lo que este artículo expresa al mismo tiempo oculta lo importante, que es precisamente a quién deja fuera. Quedan sin acceso a estas técnicas las personas solteras, las parejas de homosexuales y las mujeres de edad avanzada. Ferry y Tina, lesbianas de 42 y 36 años, respectivamente, fueron empujadas por la ley a buscar una solución médica en una clínica de Bruselas. La ley también dejaría fuera a Rosanna della Corte, quien dio a luz a su segundo hijo en la clínica romana del doctor Severino Antinori cuando tenía 62 años.

¿Qué más dice la ley? Otro de los puntos altamente cuestionados es qué restringe la llamada fecundación heteróloga, es decir, la que utiliza semen u óvulos donados a la pareja. De hecho, la fecundación con gametos de personas fallecidas: en Italia un hombre no puede congelar su semen para fecundar a su esposa después de morir.

Egidio Consonni, un empleado de 52 años, y su esposa Francesca Colombo, de 40 años, son afectados directos de esta ley. Egidio se enteró de que es estéril apenas a los 50 años, y su esposa ansía tener un hijo. Pero aunque en Italia hay 350 centros de fecundación asistida, la Ley 40 impide recurrir al esperma de un donador extraño. El matrimonio es otro aspirante a ingresar a las filas del turismo procreativo.

Además de lo anterior, con el argumento de proteger los derechos del embrión la Ley 40 no permite conservar embriones congelados, obliga a que los embriones se implanten en el útero de la madre en un plazo máximo de siete días (y ya se sabe que las prisas siempre aumentan los riesgos) y prohíbe que se generen más de tres embriones a la vez.

También, agregando el insulto a la injuria, la ley impide los diagnósticos a los embriones antes de insertarlos en el útero de la madre. Esto significa que los padres portadores de enfermedades hereditarias, pudiendo ir a lo seguro, tendrían que jugársela a ciegas y correr el riesgo de transmitir sus problemas de salud a sus hijos. Lorenzo, de 32 años, y Beatriz de 30, son marido y mujer desde el año 2001. Quieren tener hijos pero ambos son portadores de la talasemia o anemia mediterránea, una enfermedad de alta incidencia en Italia. Si lo intentaran a ciegas, tendrían una posibilidad en cuatro de tener un hijo sano. Lo intentaron y se vieron obligados a interrumpir el embarazo, pues una prueba prenatal les confirmó la triste noticia de que el niño tenía los genes de la talasemia. La técnica les permite saber; la ley lo veta.

A manera de remate, se trata de una ley estricta que impone multas de hasta un millón de euros (cerca de 1.27 millones de dólares) y hasta 20 años de cárcel, además de la inhabilitación de por vida a los médicos que violen las prohibiciones contenidas en la ley.

La encuesta y sus resultados

Italia tiene un problema demográfico. A fines de 2004 su tasa de fertilidad era de 1.29, una de las más bajas de Europa, que de por sí es uno de los continentes con más serios problemas a este respecto. Tiziano Treu, un ex ministro italiano, dijo a la revista Time que "un pueblo que no tiene niños, que envejece, es un pueblo sin futuro". Un dato significativo si se considera que un par de años atrás, la división demográfica de la ONU había indicado que en Italia 25 por ciento de la población tenía 60 años o más. A ese paso, manteniendo la tendencia, para el año 2050, 42 por ciento de los italianos serían sexagenarios.

Pero en el medio millón de italianos infértiles, sigue habiendo muchos que aspiran a ser padres, y por tanto han buscado una salida al obstáculo representado por la Ley 40. La salida ha sido el turismo procreativo.

¿De qué tamaño es el fenómeno? El Centro para el Estudio y Conservación de Ovocitos y Esperma Humanos (Cecos), fundado hace poco más de 20 años, instaló el año pasado una entidad llamada Observatorio sobre Turismo Procreativo (OTP), dedicada específicamente a evaluar el impacto de este fenómeno. Hace unas semanas, el OTP presentó los resultados de su primera investigación de campo, y los números que produjo son interesantes.

El observatorio realizó una encuesta en 53 instituciones de reproducción asistida en diez países extranjeros. Encontró que en el año anterior a la puesta en vigor de la Ley 40, atendieron a mil 315 parejas italianas. En el año siguiente, ya con la ley en marcha, atendieron a 3 mil 610 parejas: en un año, el número prácticamente se triplicó. Andrea Borini, director del OTP, dijo que este número crecerá significativamente con el tiempo, y pronosticó que el valor volverá a triplicarse. En el año en curso los turistas procreativos procedentes de Italia llegarán a unas diez mil parejas.

Otros datos interesantes: de manera natural, los países más frecuentados por los turistas procreativos son países que comparten una frontera con Italia, como Suiza (32 por ciento) y Bélgica (16 por ciento). Otro país predilecto es España, adonde viajan 26 por ciento de las parejas italianas. Las parejas más opulentas optan por destinos más tecnologizados pero definitivamente más caros, como Inglaterra y Estados Unidos. Las parejas con menos recursos viajan a la República Checa, Austria, Grecia y Eslovenia. ¿Y qué van a hacer? Justamente a brincarse las trabas de la Ley 40: a congelar embriones, a fertilizar más óvulos (en vez del límite de tres), a buscar diagnósticos preimplante, a obtener óvulos o semen de donantes. Hacer lo preciso para mejorar las posibilidades de procrear con éxito.

Los donadores ganan un rostro

El turismo de fertilidad no es exclusivo de Italia, por supuesto. En abril, Inglaterra modificó su legislación de modo que puso fin a la posibilidad de donación anónima de semen y óvulos: desde entonces todos los donadores tienen un rostro. La ley dice que los hijos nacidos de esquemas en los que participe un donante tienen derecho, una vez cumplan los 18 años y si así lo desean, a enterarse en detalle de quién fue su progenitor biológico.

La noticia puede acabar con parte de la incertidumbre que se derivaba del anonimato, pero también hará más complicados los procesos de reproducción asistida. Hay parejas que han esperado hasta cinco años a que haya óvulos disponibles. La nueva obligación seguramente alargará los plazos y acrecentará las filas de los turistas procreativos procedentes de Inglaterra.

"Como la gente es lista y el mundo es redondo, la gente hallará medios para eludir la escasez de óvulos donados", estimó J. G. Grudzinskas, director médico del Centro Bridge, clínica de fertilidad londinense.

Ian Croft, del Centro Londinense de Fertilidad, anunció que la nueva ley ya redujo de manera significativa el número de donantes de esperma. Esto tendrá su impacto, pues una parte importante de su consulta implica tratar a varones que tienen un conteo espermático subfértil, por debajo de las posibilidades de fertilizar a una mujer. Para ellos, se hará más complicada la obtención de muestras donadas y se convertirán en más personas para la causa del turismo reproductivo.

¿Por qué se desvanecieron los donadores? Croft lo dice así: "El marco de tiempo para el tratamiento inevitablemente se hará más largo, una vez que los donadores en potencia se den cuenta de que 18 años después puede buscarlos un niño, o posiblemente varios niños de distintas familias".

La auténtica Meca de los tratamientos de reproducción asistida es, por supuesto, Estados Unidos. Es el país más caro: el reporte del OTP dice que un tratamiento de fertilización in vitro acompañado de la transferencia del embrión, que en Europa se cotiza entre 5 y 7 mil euros, en Estados Unidos cuesta de 10 a 30 mil dólares. No por nada el bioeticista Arthur Caplan, de la Universidad de Pennsylvania, dijo que Estados Unidos es el Salvaje Oeste de las tecnologías reproductivas. Un lugar de frontera donde todo se vale y donde el dinero permite hacer casi cualquier cosa. En nuestro vecino país la donación de óvulos no tiene los límites de muchas legislaciones europeas; los donadores establecen su precio. Y abundan las clínicas de fertilidad especializadas en docenas de tecnologías de asistencia reproductiva. Según los Centros para el Control y la Prevención de las Enfermedades (CDC), en 2002 prácticamente la mitad de los procedimientos de fertilización in vitro culminaron en un nacimiento vivo, una tasa formidable de éxito.

Lo que no se dice pero sí pasa

Como pasa en muchos escenarios, en éste también se cuentan las historias de éxito pero se dice poco de los fracasos o, peor, de los riesgos. El diario británico Sunday Herald mencionó entre los riesgos del turismo reproductivo cuestiones como la extracción no autorizada de óvulos de una paciente, el síndrome de hiperestimulación, la implantación de embriones equivocados y deficiencias en las pruebas hechas al semen para detectar virus peligrosos como el del sida.

Richard Kennedy, secretario de la Sociedad Británica de Fertilidad, critica el uso abundante en clínicas españolas de procedimientos destinados a detectar la presencia de aneuploidias, los problemas genéticos cuyo exponente más común es la trisomía 21 o síndrome de Down. En Inglaterra estas técnicas sólo se permiten a parejas que ya tienen un hijo con una anormalidad genética; su uso indiscriminado tal vez no tenga sentido y desde luego encarece los tratamientos. Lo más relevante es que su aplicación lleva a la pregunta de hasta qué punto es lícito hacer estas exploraciones. Quizás algunos casos son obvios: se deja de implantar un embrión con síndrome de Down o con propensión a la diabetes o al cáncer de mama. Pero, ¿se dejará de implantar un embrión por tener los ojos cafés en vez de azules? "¿Dónde se detiene uno?", pregunta Kennedy.

Riesgos adicionales son los relacionados con la atención a las pacientes que buscan fecundarse en el extranjero: a su regreso, las posibles complicaciones impondrán una carga adicional al sistema nacional de salud, una carga que se procuró fuera pero que cuesta adentro.

El futuro

Independientemente de todo, parece claro que las parejas que quieran tener hijos no se van a detener porque lo impida su legislación nacional. El universo del turismo reproductivo llegó para quedarse. Lo apropiado sería, entonces, por lo menos meterlo en un marco, someterlo a regulación. En Inglaterra, el doctor Paul Rainsbury dice que se ve obligado a enviar a varias pacientes británicas a clínicas españolas para que ahí reciban óvulos pagados (en Reino Unido se paga a las donadoras de óvulos una suma verdaderamente simbólica). A otras, en cambio, las envía a Estados Unidos para que allá les realicen diagnósticos preimplantes, prohibidos en Inglaterra.

La solución la propuso, en el Sunday Herald, el británico Andjelka Stones-Abassi, miembro del grupo Global Egg Donation Resource. Dicha solución consistiría en crear una red mundial de clínicas acreditadas en técnicas de fecundación asistida. Así, "si una pareja británica no se puede permitir un buen tratamiento en el Reino Unido, buscaríamos una clínica en otra parte donde el tratamiento sea más barato, donde hay traductores y los resultados son igual de buenos. Hay demasiado 'negocio de la infertilidad' hoy día, y los pacientes están pagando grandes sumas de dinero sólo para tener un hijo".

Se trataría entonces de poner orden en el mundo del turismo procreativo. Podría empezarse por definir una matriz para ver qué está permitido y en qué país. Por ejemplo, en Inglaterra no es posible usar estas técnicas para elegir el sexo del bebé; en Francia y España no se pueden usar madres sustitutas; en Dinamarca no puede usarse un óvulo que no provenga de un pariente; en España es legal la donación pagada de óvulos, pero no la de un pariente. Y así por el estilo. La matriz así creada permitiría iniciar un proceso de racionalización que pondría orden, definiría cánones y ofrecería a las parejas infértiles mayores esperanzas dentro de presupuestos razonables. Así los turistas procreativos podrían incluso empezar a disfrutar sus vacaciones.

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