Fuga de cerebros: talentos en el exilio
Tres investigadoras de la UNAM anunciaron este martes que por lo menos 12 mil mexicanos especialistas en varias disciplinas científicas y tecnológicas están repartidos en todo el mundo, principalmente en Estados Unidos, Canadá, España, Alemania y el Reino Unido. ¿Qué hacen esos mexicanos en el exterior? Viven allá, y no regresan a México porque no encuentran acá oportunidades de desarrollo. Sólo volverían a marchitarse, y en cambio se quedan en el exterior porque allá les pagan bien y pueden desarrollar su investigación.
“Nuestro país podría quedarse sin científicos si no reorienta su educación e investigación y si a quienes se preparan para serlo no les brinda oportunidades para desarrollarse”, dijo Heriberta Castaños, del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM.
La verdad es que Castaños y sus compañeras Alma Herrera e Hilda Caballero, esta última de la Facultad de Estudios Superiores Zaragoza, se quedaron muy cortas respecto a la realidad nacional. La fuga de cerebros es a la vez un problema más grande y más complejo, y representa igualmente una formidable oportunidad.
Cien mil talentos
Hace unos días, Carlos González Gutiérrez, director ejecutivo del Instituto de los Mexicanos en el Exterior (IME), trazó de un plumazo el retrato: para el IME, hay 26 millones de mexicanos viviendo en Estados Unidos. De ellos, 15-16 millones son nacidos allá de ascendencia mexicana, y 11 millones son nacidos en México.
Aunque los mexicanos en efecto buscan suerte en muchos países, para fines prácticos se puede considerar que se van a Estados Unidos, ya que este país es el destino de 98 por ciento de los emigrantes.
“Nosotros calculamos que puede haber hasta un millón de personas con estudios de licenciatura, es decir, profesionistas, un millón de mexicanos residiendo en los Estados Unidos”, dijo González Gutiérrez.
También respaldó esta cifra Guillermo Aguirre Esponda, director adjunto de Tecnología del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), quien señaló que de ese millón de mexicanos profesionistas, la décima parte son especialistas que hacen falta en el país.
“Tenemos identificados más de 30 mil ingenieros, maestros y doctores mexicanos en el tema de computación en los Estados Unidos”, dijo el funcionario. “Esto es algo que conviene destacar, o sea, estamos hablando de que dentro de ese millón de profesionistas, evidentemente hay muchísimos que están relacionados con servicios, servicios médicos, hay otros que son profesores, hay otros que están realizando funciones de apoyo, pero sí tenemos identificados más de cien mil profesionistas que están en área científico-tecnológicas que son muy importantes para el desarrollo de México”.
Taxonomía del éxodo
Hace tiempo, en un libro que ya debería formar parte de los “clásicos” mexicanos de la ciencia (Acerca de Minerva), Ruy Pérez Tamayo dibujó una especie de taxonomía de la fuga de cerebros, y la dividió en tres tipos: “muerte prematura”, “fuga interna” y “fuga externa”.
Pérez Tamayo dice que “muerte prematura” es cuando un talento potencial escapa del ámbito de la ciencia y la tecnología, aterrado ante la idea de vivir en la pobreza en que viven los científicos en México. En vez de aprovechar sus capacidades para enriquecer este sector, muchos jóvenes optan por seguir carreras en las que su talento se aprovecha para otros fines. Esos científicos y tecnólogos y especialistas ni siquiera llegan a gestarse.
Por supuesto que la “muerte prematura” también ocurre cuando estudiantes brillantes que ya están en formación avanzada dejan las filas de la ciencia, decepcionados porque las cosas no funcionan bien, porque no logran avanzar, porque la necesidad apremia.
Hace días, el doctor Alejandro Frank Hoeflich, director del Instituto de Ciencias Nucleares de la UNAM, aludía a una variante de la “muerte prematura” hablando de “la otra” fuga de cerebros: “los millones de niños que jamás tienen la oportunidad de alcanzar la educación superior, nuestros talentos desperdiciados”.
El tamaño del problema se dice fácil: en nuestro país, menos de una persona en cada diez mil trabaja profesionalmente en la generación de conocimientos. Si esto sigue así, advirtió Frank Hoeflich, estaremos condenando a nuestros hijos “a una historia de pobreza, inequidad y subdesarrollo para el futuro de México”.
Pérez Tamayo dice que hay “fuga interna” cuando un científico deja su plaza para ocuparse de asuntos administrativos o de otra naturaleza. A veces esto funciona bien, como ocurrió al dedicarse Arturo Rosenblueth a nutrir el naciente Centro de Investigación y Estudios Avanzados del IPN, pero es más común que un investigador prometedor acabe detrás de un escritorio. “Lo grave de esta situación es que al investigador no se le puede sustituir con otro porque no hay, mientras que el trabajo administrativo es menos especializado y por lo tanto es más fácil encontrar sustituto para que lo desempeñe”, escribió Pérez Tamayo.
El tercer tipo de merma comunitaria es la “fuga externa”, la emigración de mexicanos hacia el extranjero en busca de mejores condiciones de vida. Una emigración que es comprensible en un entorno complicado y falto de estímulos locales.
Hace alrededor de un mes, Andrés Solimano, asesor regional de la Comisión Económica para América Latina, CEPAL, dialogó en línea con radioescuchas de la emisora londinense BBC, y ahí dijo que hay enormes incentivos para que los mexicanos emigren a Estados Unidos, y no sólo por la cercanía geográfica.
“Estados Unidos tiene un promedio de ingreso anual de 30 mil dólares, mientras que en México todavía está por debajo de los cuatro mil dólares. Obviamente los incentivos para que la gente se vaya son muy poderosos”, dijo.
La otra cara de la moneda
Aunque en la aridez de la vida cotidiana no se note mucho, sí se está trabajando por combatir la fuga en sus varias acepciones. Alejandro Frank mencionó el proyecto PAUTA: Programa Adopte un Talento, en el que participan la UNAM, el Conacyt, la Academia Mexicana de Ciencias, la SEP y otros organismos.
El propósito de PAUTA es, dijo, “identificar, impulsar y dar apoyo financiero e informativo a estudiantes de todo el país, de todas las clases sociales, de todos los grupos étnicos y de todos los niveles, particularmente a aquellos con talento especial para las ciencias”.
El proyecto apenas empezará a nivel piloto en tres entidades del país, para probar los métodos y determinar cómo armar un proyecto del tamaño que requiere el país, pero podría convertirse en un instrumento apropiado para atacar la “muerte prematura” y tal vez, dependiendo de cómo se implemente, la “fuga interna”.
En cuanto a la “fuga externa”, Andrés Solimano recalcó que aunque muchos se van, también es cierto que muchos no queman sus naves: quieren regresar. “El punto es cómo crear condiciones, cómo poner de nuevo en la agenda pública del desarrollo económico y social, el tema de que un activo muy importante, el recurso humano calificado de los países, se encuentra fuera de sus fronteras. Cómo movilizar ese activo, cómo movilizar el capital humano para que ese capital contribuya al desarrollo nacional y también pueda circular en el mundo”.
En este sentido, la Fundación México-Estados Unidos para la Ciencia, a cargo de Guillermo Fernández de la Garza, ha estado realizando misiones de acercamiento entre talentos mexicanos asentados en Silicon Valley y grupos empresariales mexicanos. El propósito de su trabajo evangelizador es traer al país a mexicanos que han tenido éxito en Estados Unidos, buscando el modo “en que nos ayuden a acelerar nuestro desarrollo a través de programas que pueden significar muchas empresas exitosas, muchos empleos muy bien pagados y, desde luego, un gran estímulo a la mejora en la educación, a la mejora en el desarrollo empresarial de México”.
El punto sería, en palabras de Guillermo Aguirre Esponda, del Conacyt, encontrar el modo de ver a ese capital mexicano en el exterior no como una pérdida, sino como una promesa, la oportunidad de tener un enlace en el exterior, en un ambiente más dinámico y estimulante. En este contexto se creó una aceleradora mexicana de empresas de alta tecnología en Silicon Valley, cuya función es conectar a empresas nacionales para que puedan acceder, a través de los mexicanos que viven allá, a los mercados y oportunidades de una zona de altísimo desarrollo.
Horacio Salazar
14/06/2005




Enviar un comentario nuevo